Dios en la Naturaleza

jun 6th, 2011 by admin in León Denis
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EL CIELO
La contemplación de la naturaleza terrestre ofrece, sin contradicción, encantos particulares al espíritu instruido, que descubre en la organización de los seres el movimiento interesante de los átomos de que están formados y el cambio permanente que se opera entre todas las cosas. Con justicia admiramos las manifestaciones de la vida en la superficie de la tierra. El calor solar que conserva en estado líquido el agua de los ríos y de los mares, eleva la savia hacia la copa de los árboles, y hace latir el corazón de las águilas y de las palomas. La luz que difunde el verdor sobre las praderas, alimenta las plantas con un soplo incorpóreo, y puebla la atmósfera con sus maravillosas bellezas aéreas. El sonido, que murmura entre el follaje, canta en los linderos de los bosques, retumba a la orilla de los mares; en una palabra, la correlación de las fuerzas físicas que reúne el sistema de la vida entero bajo la fraternidad de las mismas leyes. Pero, tan ferviente como es la admiración excitada por la radiación de la vida en la superficie de la tierra, tanto o más es aplicable a todos esos mundos que centellean por encima de nuestras cabezas durante la noche silenciosa. Esos mundos lejanos, que se mecen como el nuestro en el éter, a impulso de las mismas energías y de las mismas leyes, son como el nuestro el asiento de la actividad y de la vida. Podríamos presentar este grande y magnífico espectáculo de la vida universal como un elocuente testimonio de la inteligencia, de la sabiduría y del poder de la causa innominada que quiso, desde la aurora de la creación, ver reflejar su esplendor en el espejo de la naturaleza creada. Pero no es bajo este aspecto, como queremos desarrollar aquí el panorama de las grandezas celestes. Queremos únicamente emplazar a los negadores de la inteligencia creadora ante el teatro de las leyes que rigen el mundo. Si, consintiendo en abrir los ojos ante semejante espectáculo, persisten en negar esta inteligencia, confesamos que la mayor justicia que hay que hacerles en respuesta a esta negación incomprensible, es dudar a nuestra vez de sus facultades mentales; porque francamente hablando, la inteligencia del Creador nos parece infinitamente más cierta y más incontestable que la de los ateos franceses y extranjeros. Y como el método positivo consiste en no juzgar sino por la observación de los hechos, nuestro deber es examinar, en primer lugar, los hechos astronómicos de que hablamos y después, la interpretación con que se contentan nuestros adversarios. Si esta interpretación es satisfactoria, suscribimos de antemano sus doctrinas. Si, por el contrario, es insensata, debemos al honor y a la verdad desenmascararla y entregarla a la irrisión de los espectadores.
Olvidemos, pues, un instante el átomo terrestre a que nos ha fijado el destino por algunos días. Láncese nuestro espíritu al espacio y vea pasar ante sí el mecanismo inmenso, mundos tras mundos, sistemas tras sistemas, en la sucesión sin fin de los universos estrellados. Escuchemos con Pitágoras las armonías de la naturaleza en las vastas y rápidas revoluciones de las esferas, y contemplemos en su realidad esos movimientos a la vez formidables y regulares que arrastran a las tierras celestes en sus órbitas ideales. Observamos que la ley suprema y universal de la gravitación dirige esos mundos. Alrededor de nuestro sol, centro, foco luminoso, eléctrico, calorífico, del sistema planetario a que pertenece la tierra, giran obedientes los planetas.
Los trabajos más asombrosos del espíritu humano nos han dado la fórmula de esta ley. Divídese en tres puntos fundamentales, conocidos en astronomía con el nombre de leyes de Kepler, laborioso astrónomo que las descubrió, tanto por su paciencia como por su genio, y que examinó atentamente, durante diecisiete años de un trabajo ímprobo, las observaciones de su maestro Tycho-Brahe, antes de distinguir bajo el velo de la materia la fuerza que la rige.
1º Cada planeta describe alrededor del sol una órbita de forma elíptica, de la cual el centro del sol ocupa siempre uno de los focos.
2º Las áreas (o superficies) descritas por el radio vector (1) de un planeta alrededor del foco solar son proporcionales a los tiempos empleados en describirías.
3º Los cuadrados de los tiempos de las revoluciones de los planetas alrededor del sol, son proporcionales a los cubos de los grandes ejes de las órbitas.
La síntesis de estas leyes forma el gran principio que Newton formuló el primero en su obra inmortal sobre los “Principios”. Enseña en este libro, cómo lo nota juiciosamente Herschel, que todos los movimientos celestes son la consecuencia de esta ley, “que dos moléculas de materia se atraen en razón directa del producto de su masa, y en razón inversa del cuadrado de su distancia”. Partiendo de este principio, explica cómo la atracción que se ejerce entre las grandes masas esféricas que componen nuestro sistema, se halla regida por una ley cuya expresión es exactamente semejante; cómo los movimientos elípticos de los planetas alrededor del sol, y de los satélites alrededor de sus planetas, tales como los ha determinado Kepler, se deducen como consecuencias necesarias de la misma ley y cómo las órbitas de los cometas no son sino casos particulares de los movimientos planetarios. Pasando enseguida a difíciles aplicaciones, demuestra que las desigualdades tan complicadas del movimiento de la luna dependen de la acción perturbadora del sol, como las mareas proceden de la desigualdad de la atracción que estos dos astros ejercen sobre la Tierra y el Océano que la rodea. Hace ver, en fin, que la precesión de los equinoccios no es más que una consecuencia necesaria de la misma ley.
A la ejecución de estas leyes se halla confiada la armonía del sistema planetario; a estas leyes deben los mundos sus años, sus estaciones y sus días; por ellas toman la luz y el calor distribuidos en diversos grados por el manantial resplandeciente; y de ellas desciende la radiación de la vida, forma y adorno de los cuerpos celestes. Bajo la acción irresistible de estas fuerzas colosales, son arrebatados estos mundos en el espacio con la rapidez del relámpago y corren centenares de miles de leguas por día, incesantemente, sin pararse, siguiendo escrupulosamente la ruta segura, trazada de antemano por estas mismas fuerzas.
Si nos fuese posible librarnos, un instante, de las apariencias bajo cuyo imperio nos creemos en reposo en el centro del mundo, y nos fuera permitido abarcar de una ojeada, los movimientos de que están animadas todas las esferas, quedaríamos extrañamente sorprendidos de la majestad de estos movimientos.
Ante nuestros ojos asombrados, vastos globos girarían rápidamente sobre sí mismos, lanzados a toda velocidad en los desiertos del vacío, como balas gigantescas que una fuerza de proyección inconcebible hubiera enviado al infinito. Nos asombramos de esos trenes rápidos que circulan por nuestras vías férreas devorando el espacio, y parecen arrebatados por los dragones flamígeros del aire; pero los globos celestes, más voluminosos que la Tierra, desaparecen con una rapidez que supera tanto a la de las locomotoras, cuanto la de éstas excede al paso de una tortuga. La Tierra en que estamos, por ejemplo, boga en el espacio con una celeridad de seiscientas cincuenta mil leguas por día. Alrededor de esos mundos y a distancias diversas, veríamos girar satélites, arrastrados y gobernados por las mismas leyes. Y todas estas repúblicas flotantes, inclinando alternativamente sus polos hacia el calor y la luz, gravitando sobre su eje y presentando cada mañana los diferentes puntos de su superficie al beso del astro rey; hallando en la combinación misma de sus movimientos la renovación incesante de su juventud y de su belleza; renovando su fecundidad por la sucesión de las primaveras, de los veranos, de los otoños y de los inviernos; coronando sus montañas de bosques en donde suspira el viento; adornando sus paisajes con el espejo de los lagos silenciosos; envolviéndose a veces en su atmósfera como en un manto protector o rodeándose en los días de cólera, de los rayos fulminantes y de las tempestades; desplegando en su superficie la inmensidad de las ondas oceánicas que se levantan también bajo la atracción de los mundos como un seno que respira; iluminando sus crepúsculos con los esplendores del adiós que el sol da a su última mirada, y estremeciéndose en sus polos bajo las palpitaciones eléctricas de donde se lanzan los efluvios de la aurora boreal, dando a luz, meciendo y alimentando la multitud de seres que constituyen y renuevan el reino de la vida, desde las plantas, vestigios del pasado hasta el hombre contemplador del porvenir… Todos esos mundos, todas esas moradas del espacio, todas esas repúblicas de la vida, se nos aparecerían como navíos guiados por la brújula, y llevando al través del océano celeste poblaciones que no tienen que temer ni los escollos, ni la ignorancia del capitán, ni la falta de combustible, ni el hambre, ni las tempestades. Estrellas, soles, mundos errantes, cometas flamígeros, sistemas extraños, astros misteriosos, todos proclamarían la armonía, todos serían los acusadores de esos espíritus que condenan la fuerza a no ser más que un atributo de la ciega materia. Y cuando, siguiendo, las relaciones numéricas que ligan todos estos mundos al sol como al corazón palpitante de un mismo ser, hayamos personificado el sistema planetario en el sol mismo, loco colosal que los absorbe a todos en su resplandeciente y poderosa personalidad; entonces contemplaremos este sol y este sistema en su carrera al través de los vacíos infinitos, y al momento, sabiendo que todas las estrellas son otros tantos soles, rodeados como el nuestro de una familia que respira a su alrededor su vida y su luz, observaremos que todas esas estrellas están guiadas unas y otras por diversos movimientos, y que en vez de estar fijas en la inmensidad, la recorren con celeridades aterradoras, más formidables aún que las mencionadas más arriba. Es entonces, cuando el universo entero se presentará a nuestros ojos bajo su verdadero aspecto y las fuerzas que lo rigen proclamarán con la elocuencia maravillosamente brutal del hecho, su valor, su misión, su autoridad y su poder. Ante esos movimientos indescriptibles, y aun podemos decir inconcebibles, que arrastran en los desiertos infinitos a esos millares de millones de soles; ante esa inmensa catarata, esa lluvia de estrellas en el infinito; ante esas rutas, esas órbitas inconmensurables, que siguen tan dócilmente como la aguja de un reloj, la manzana que cae, o la rueda de un molino siguen la gravedad; ante la obediencia de los cuerpos celestes a reglas que la mecánica y las formas del análisis pueden trazar de antemano, y ante esa condición suprema de la estabilidad y de la duración del mundo; ¿quién osará negar que la fuerza rige a la materia, que la gobierna soberanamente, que la dirige según la ley inherente o afecta a la fuerza misma? ¿Quién será el que pretenda sujetar la fuerza a la constitución ciega de la materia; afirmar, a la manera retrógrada de los peripatéticos, que no es sino una cualidad oculta de ésta, y reducirla al papel de esclava, cuando se impone por su propio derecho a título de soberana absoluta? ¡No quiera Dios que así sea! ¿Qué sucedería si dejase de obrar un solo instante y si abdicase su cetro? La sola suposición de esta hipótesis disuelve la armonía del mundo y lo hace hundirse en un caos informe, digno resultado de una tentativa tan insensata.
Estas leyes están demostradas como universales, proclaman la unidad de los mundos, y manifiestan que es un mismo pensamiento el que reguló las mareas de nuestro océano y las revoluciones siderales de las estrellas dobles, en el fondo de los cielos. Estos soles, dobles, triples, y cuádruples, giran unidos alrededor de su centro común de gravedad, y obedecen a las mismas leyes que rigen nuestro sistema planetario. Nada es más propio para dar una idea de la escala en que están construidos los cielos, como esos magníficos sistemas, dice John Herschel. Cuando se ven esos cuerpos inmensos reunidos por parejas, describir, en virtud de la ley de gravitación que rige todas las partes de nuestro sistema, esas inmensas órbitas que se necesitan siglos para recorrerlas, admitimos a la vez que tienen en la creación un objeto que no alcanzamos, y que hemos llegado al punto en que la inteligencia humana se ve forzada a confesar su debilidad, y a reconocer que la imaginación más rica no puede formarse del mundo un concepto que se acerque a la grandeza del objeto.

DIOS EN LA NATURALEZA, por  CAMILO FLAMMARION

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