Unidad sustancial del Universo

jun 10th, 2011 by admin in León Denis
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Al Universo lo constituye un solo elemento, aunque triple en apariencia. Espíritu, fuerza y materia, no parecen ser más que los modos, los tres estados de una sustancia inmutable en su principio, más variable hasta lo infinito en sus manifestaciones.
El Universo vive y respira animado por dos potentes corrientes: absorción y dispersión. Por esta expansión, por este soplo inmenso, Dios, el Ser de los seres, el Alma del Universo, crea. Por su amor atrae hacia Él. Las vibraciones de su pensamiento y de su voluntad, fuentes primeras de todas las fuerzas cósmicas, mueven al Universo y engendran la vida.
La materia -digamos- no es más que un modo, una forma pasajera de la sustancia universal que escapa al análisis y desaparece bajo el objetivo del microscopio para disolverse en radiaciones sutiles que no tienen existencia propia. Las filosofías que la toman por base descansan sobre una apariencia, sobre una especie de ilusión.
La unidad del Universo, largamente negada o no comprendida, empieza a ser entrevista por la ciencia. Hace unos veinte años que William Crookes, en el curso de sus estudios sobre las materializaciones de Espíritus, descubrió el cuarto estado de la materia: el estado radiante. Este descubrimiento, por sus consecuencias, revolucionó todas las viejas y clásicas teorías. Estas establecían una distinción entre la materia y la fuerza; ahora sabemos que las dos llegan a confundirse. Bajo la acción del calor, la materia más grosera se transforma en fluidos y estos fluidos se reducen, a su vez, en un elemento más sutil que escapa a nuestros sentidos. Toda materia puede reducirse a fuerza, y toda fuerza se condensa en materia, recorriendo así un círculo incesante.
Las experiencias de Crookes han sido seguidas y confirmadas por una legión de investigadores. El más célebre, Roentgen, ha llamado rayos X a las radiaciones emanadas de las ampollas de cristal; estos rayos tienen la propiedad de traspasar la mayor parte de los cuerpos opacos, y permiten percibir y fotografiar lo invisible.
Poco después Becquerel demostraba las propiedades de ciertos metales de emitir radiaciones oscuras que penetran la materia más densa, como los rayos Roentgen, e impresionan las placas fotográficas a través de láminas metálicas.
El radio, descubierto por los esposos Curie, produce calor y luz de un modo continuo sin agotarse de manera sensible. Los cuerpos sometidos a su acción, se vuelven a su vez radiantes. Aunque la cantidad de energía radiada por este metal es considerable, la pérdida de sustancia material correspondiente es casi nula. Crookes ha calculado que un gramo de radio necesitaría unos cien años para desasociarse.
Es más. Los ingeniosos descubrimientos de G. Le Bon han probado que las radiaciones son una propiedad general de todos los cuerpos. La materia puede desasociarse indefinidamente, pues no es más que energía concretada. Con esto, la teoría del átomo indivisible, que desde hace dos mil años servía de base a la física y a la química, se derrumba y, con ella, las clásicas distinciones entre lo ponderable y lo imponderable. La soberanía de la materia -considerada absoluta y eterna- se desvanece.
Por tanto, es preciso reconocer: el Universo no es como aparecía a nuestros débiles sentidos; el mundo físico no constituye más que una ínfima parte del mismo. Detrás del círculo de nuestras percepciones hay una infinidad de fuerzas y de formas sutiles cuya existencia ha ignorado la ciencia hasta ahora. El dominio del mundo invisible es mucho más vasto y más rico que el del mundo visible.
La ciencia ha estado equivocada durante varios siglos en el análisis de los elementos que constituyen el Universo, y ahora debe destruir lo que tan penosamente ha edificado. El dogma científico de la unidad irreductible e indestructible del átomo, al derrumbarse, arrastra consigo a todas las teorías materialistas. La existencia de los fluidos -afirmada por los espíritas desde hace cincuenta años y que les valió tantas burlas por parte de los sabios oficiales- ha sido confirmada de una manera rigurosa por medio de la experimentación.
Los seres vivos también emiten radiaciones de diferentes naturalezas. Los efluvios humanos, variando de forma y de intensidad bajo la acción de la voluntad, impresionan las placas con su misteriosa luz. La existencia de estos influjos, sean nerviosos, sean psíquicos, conocidos desde largo tiempo por los magnetizadores y los espíritas, pero negados por la ciencia, es constatada en el presente de una manera irrecusable por los fisiologistas. Con ello se ha encontrado el principio de la telepatía. Las voliciones del pensamiento, las proyecciones de la voluntad se trasmiten a través del espacio como las vibraciones del sonido y las ondulaciones de la luz, y van a impresionar otros organismos en simpatía con el del manifestante. Las almas que tengan afinidad de pensamiento y de sentimiento, pueden intercambiar sus efluvios a cualquier distancia, de la misma manera que los astros intercambian, a través de los abismos del espacio, sus rayos titilantes. En esto descubrimos, además, el secreto de las ardientes simpatías y de las invencibles repulsiones que los hombres sienten entre sí, al verse por primera vez.
La mayor parte de los problemas psicológicos: sugestión, comunicación a distancia, acciones y reacciones ocultas, visión a través de los obstáculos, encuentran en ello su explicación. Nos hallamos aún en la aurora del verdadero conocimiento. Mas el campo de las investigaciones está abierto, y la ciencia marchará de conquista en conquista, por una vía rica en sorpresas. El mundo invisible se revela como base del Universo, como fuente eterna de las energías físicas y vitales que animan al Cosmos.
De esta manera cae el principal argumento de los que negaban la posibilidad de la existencia de los Espíritus. Los que tal hacían no podían concebir la vida invisible, falta de un substrato, de una sustancia que escapase a nuestros sentidos. Sin embargo, encontramos a un tiempo en el mundo de los imponderables, los elementos constitutivos de la vida de estos seres y las fuerzas que le son necesarias para manifestar su existencia.
Los fenómenos espíritas de todos los órdenes se explican por el hecho de que puede gastarse una cantidad considerable y constante de energía sin pérdida aparente de materia. Los aportes, la desagregación y la reconstitución espontánea de objetos en cámaras cerradas; los casos de levitación, el paso de los Espíritus a través de los cuerpos sólidos, sus apariciones y materializaciones que causaron tanto asombro y tantas burlas también; todo es fácil de comprender cuando se conoce el juego de las fuerzas y de los elementos que entran en acción en estos fenómenos.
La desasociación de la materia, de que nos habla Le Bon -y que el hombre es impotente de producir por sí solo- como el conocimiento de las leyes y las reglas que la rigen era facultad y patrimonio de los Espíritus desde hace largo tiempo.
La aplicación de los rayos X a la fotografía, ¿no explica también el fenómeno de doble vista de los médiums y el de la fotografía espírita? En efecto: si las placas pueden ser influidas por rayos oscuros, por radiaciones de la materia imponderable que penetran en los cuerpos opacos, con mucha más razón los fluidos quintaesenciados de que se compone la envoltura de los Espíritus pueden, en ciertas condiciones, impresionar la retina de los videntes, aparato más delicado y complejo que la placa de cristal.
Es así como el Espiritismo se fortalece cada día más con el apoyo de argumentos extraídos de los descubrimientos de la ciencia, descubrimientos que acabarán por hacer vacilar a los escépticos más empedernidos.
La gran diferencia secular que dividía a las escuelas filosóficas se reduce, pues, a una cuestión de nombres. En las experiencias cuya iniciativa ha tomado William Crookes, la materia se funde, el átomo se desvanece; en su lugar aparece la energía. La sustancia es un Proteo que reviste mil formas inesperadas. Los gases que se consideraban permanentes se liquidan; el aire se descompone en elementos mucho más numerosos de lo que enseñaba la ciencia de ayer; la radiactividad, es decir, la condición de los cuerpos de desagregarse emitiendo efluvios análogos a los rayos catódicos, se revela como un hecho universal. Toda una revolución se realiza en los dominios de la física y de la química. En todas partes, a nuestro alrededor, vemos abrirse fuentes de energía, inmensos depósitos de fuerzas muy superiores en poder a todo lo que se conocía hasta hoy. La ciencia se encamina poco a poco hacia la gran síntesis unitaria, que es la ley fundamental de la Naturaleza. Sus más recientes descubrimientos tienen un alcance incalculable en el sentido de que ellos demuestran experimentalmente el gran principio constitutivo del Universo: unidad de fuerzas, unidad de leyes. El encadenamiento prodigioso de las fuerzas y de los seres se precisa y se completa. Se constata que existe una continuidad absoluta, no solamente entre todos los estados de la materia, sino aun entre éstos y los diferentes estados de la fuerza.
La energía parece ser la sustancia única universal. En el estado compacto, reviste las apariencias que llamamos materia sólida, líquida o gaseosa; bajo un modo más sutil, la energía es agente de los fenómenos de luz, calor, electricidad, magnetismo, afinidad química. Estudiando la acción de la voluntad sobre los efluvios y las radiaciones, podríamos entrever, quizá, el punto en donde la fuerza se manifiesta como inteligencia, donde el pensamiento se transforma en vida.
Todo se relaciona y encadena en el Universo. Todo está regido por las leyes del número, de la medida, de la armonía. Las manifestaciones más elevadas de la energía confinan con las de la inteligencia. La fuerza vuélvese atracción; la atracción vuélvese amor. Todo se resume en un poder único y primordial, motor eterno y universal, al cual se le han dado diversos nombres, pero que no es más que la voluntad y el pensamiento divinos. Sus vibraciones animan al infinito. Todos los seres y los mundos son bañados en el océano de las radiaciones que emanan del inagotable foco.
Consciente de su ignorancia y de su debilidad, el hombre queda confuso ante esta unidad admirable que lo abarca todo y que lleva en ella la vida de las humanidades. Mas al mismo tiempo, el estudio del Universo le abre fuentes profundas de gozos y de emociones. A pesar de nuestra flaqueza intelectual, lo poco que entrevemos de las leyes universales nos hechiza, pues en el poder ordenador de las leyes y de los mundos presentimos a Dios, y con ello adquirimos la certidumbre de que lo Bueno, lo Bello y la Armonía perfecta reinan por encima de todo.

EL GRAN ENIGMA, Dios y el Universo – León Denis –

Enviado por Rosa Mª Pérez Duque del C.E. LEÓN DENIS

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