¿Cómo deben ser los centros espiritistas?

oct 10th, 2011 by admin in León Denis
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Los Centros espiritistas deben ser la cátedra del Espíritu de Verdad, porque de no tener el espíritu de luz su cátedra, tendría su influencia el espíritu del error, y desgraciados de aquellos espiritistas que están bajo la influencia del espíritu de tinieblas que poco, muy poco, adelantarán en la vía de su progreso. Por eso se han visto Centros espiritistas que han caído en aberraciones graves, porque a causa de su falta de examen, o por no seguir una conducta adecuada a las circunstancias, han sido dominados por influencias perversas y han contraído tremendas responsabilidades en lugar de progresar y perfeccionarse.

La Iglesia católica dice que el púlpito es la cátedra del Espíritu Santo, mas nosotros sabemos que no hay santos en el verdadero sentido de la palabra, sino espíritus más o menos adelantados, más o menos perfectos, más o menos puros. Sabemos, también, que el Espíritu de Verdad puede, en circunstancias dadas, inspirar a un político, a un sacerdote, a un hombre de ciencia, sean cuales sean sus creencias, según la importancia del asunto que trate, que desarrolle o discuta, pero no por privilegio ninguno, sino porque es el medio de que se vale la Providencia para hacer que la humanidad progrese; es la manera como el Altísimo se vale para que vaya cambiando el estado de cosas que han de regenerarse; pero nunca se podrá atribuir ninguna escuela, ni religiosa, ni política, ni social, la asistencia exclusiva del Espíritu de Verdad.

Pero yo digo que los Centros espiritistas deben ser cátedra del Espíritu de Verdad, y digo esto porque en los Centros espiritistas se celebran sesiones; en estas, como saben todos mis hermanos, se reciben comunicaciones, estas comunicaciones son inspiradas por espíritus que inspiran o dominan a los médiums; si estos espíritus no son de verdad, ¿a dónde irán a parar los que sean encaminados por espíritus del error? Porque se ha de tener en consideración que las comunicaciones son escuchadas con suma atención y que la mayoría de los hermanos que concurren a las sesiones medianímicas hacen mucho más caso y fijan más su atención en la comunicación de los espíritus que en las exhortaciones del espiritista más entendido; así que, si estas comunicaciones son inspiradas por el Espíritu de Verdad, es muy justificada y es de gran provecho esta atención; pero si el espíritu que se comunica es ligero o espíritu de error, no hay duda que la influencia que ejercerá sobre el común de los reunidos será perniciosa y perjudicial. Por eso se ha de preocupar a toda costa que en los Centros espiritistas sea el espíritu de verdad el que domine y exhorte en las sesiones espiritistas, y como no es el lugar ni la fórmula lo que atrae los Espíritus de Luz, es necesario guardar ciertas reglas para atraerlos y hacerles agradable la estancia entre nosotros.

Entiendo, pues, que los Centros espiritistas deben serlo de amor, de caridad, de indulgencia, de perdón, de humildad, de abnegación, de virtud, de bondad y de justicia, a fin de atraer a los buenos espíritus. El presidente o director de un Centro espiritista debe ser modelo en todo, porque si los demás hermanos que componen el Centro deben procurar guardar una conducta modelo, incumbe más el guardarla al que dirige y enseña; éste ha de ser sufrido hasta lo sumo, no debe ser nunca precipitado, no puede dejarse arrastrar por influencias particulares, sino obrar según el bien general de los hermanos que dirige; si es posible, debe estudiar, en lo que la prudencia indique, el carácter, y tendencias de cada uno de los hermanos que están incluidos bajo su dirección, para encaminar, instruir y dirigir a cada uno, según las necesidades de su carácter y su manera de ser; no debe olvidar que cuando se encuentra revestido de un cargo, que aunque entre los hombres nada es, lo es de mucha importancia ante Dios, que si por desidia o falta de previsión, que con cuidado pueda tener, o por falta de amor y de caridad entre los suyos, permite deficiencias o maneras que pueden perjudicar moralmente a los que dirige, será altamente responsable.

No debe olvidar todo presidente o director de un Centro espiritista que en la dirección de sus hermanos tiene un depósito sagrado, que un día le rendirá grandes beneficios si sabe dirigirles bien, mas le atraerá grandes responsabilidades si no obra como debe. Por eso todo director o presidente debe vivir siempre apercibido, teniendo y llevando su pensamiento muy levantado; debe ser amante de la oración mental; debe estar bien enterado de la ley divina (Evangelio); debe recordar la abnegación, el sacrificio y el amor del Señor y Maestro, para que en todas las ocasiones de su existencia tenga presente la manera de obrar como espiritista, a fin de que tengan motivo de admirarle los que le siguen, nunca de censurarle, porque en su centro él es la luz, es el encargado de la Providencia para dirigir a los que le siguen; es el guía espiritual visible que tienen sus hermanos para su dirección, instrucción y consuelo en la presente existencia; es, en fin, el que puede librar, a los que se le han confiado, de las caídas, preocupaciones y tinieblas de la tierra.

Por eso, con su dulzura, su amor y su palabra persuasiva, siempre mansa y tolerante, debe corregir todo aquello que pudiera ser causa o motivo de que el espíritu de tinieblas pueda encontrar medios para meterse entre las enseñanzas y exhortaciones que se reciban en el Centro; debe procurar que dentro del mismo no se entablen conversaciones sobre cosas ligeras, ni mucho menos sobre asuntos que pudieran redundar en crítica o murmuración sobre hermanos ausentes; no debe olvidar que la caridad y el amor al prójimo nos obligan a no tratar del ausente cuando no se hable bien de él, o si acaso la necesidad obliga, sea hecho tal como se hace con una persona que se la ama mucho y se sufre cuando aquella se desvía. Debe procurar todo presidente o director, que, al entrar en sesión, los hermanos tengan conciencia y estén apercibidos del acto que van a realizar, a fin de evitar que malas influencias se metan en el acto e impidan se pueda recibir la influencia y las instrucciones del Espíritu de Verdad. Por otra parte, los hermanos que concurran y formen el Centro, deben tener obediencia y respeto al que Dios les ha dado para guía y consuelo, que es una gran cosa encontrar en la tierra quien nos encamine hacia al Padre y nos señale los escollos de la vida y nos separe de las caídas, que tan caras cuestan en el porvenir Pero esa obediencia y este respeto no debe ser ni fanática ni obcecada, sino resultado de las obras practicadas por el que tanto se afana para servirles de ejemplo.

El hombre no debe, por ningún concepto, abdicar de la razón y del libre examen, pero debe ser respetuoso y tolerante con el que trabaja para su mejoramiento, y no debe olvidar que nadie puede llegar a la infalibilidad, así es que si llega a notar deficiencias o distracción en el que dirige, nunca debe acudir a la murmuración, ni a la crítica, sino a la prudencia, para saber lo que ha de dispensarse y lo que ha de corregirse, y si llega el caso en que haya de adoptarse la exhortación o el aviso no debe olvidar que antes de verificarlo ha de acudir a los hermanos de mayor criterio, prudencia y caridad, en consulta de su opinión, y si resulta que la exhortación se impone, debe buscarse ocasión y maneras para obrar con el tacto y prudencia que el caso requiera, no olvidando los servicios y trabajos que tiene hechos el presidente o director. El Centro que así obre, estoy seguro que el Espíritu de Verdad informará en sus sesiones el Espiritismo, y aquellos hermanos progresarán y se prepararán un buen porvenir. A veces he oído algunos hermanos que han dicho: ¡Qué suerte el haber conocido el Espiritismo! Yo contesto: Verdaderamente, es una gran ventaja para emplear bien el tiempo en nuestra actual existencia; pero también el haber conocido el Espiritismo nos trae aparejados grandes deberes que cumplir.

Nosotros no podemos vivir como el común de los demás hombres; nosotros hemos de combatir nuestros defectos, hemos de adquirir virtudes, hemos de vivir apercibidos, hemos de ser la luz y el ejemplo, para que los hombres admiren al Padre y se conviertan y entren en la vía de depuración. La luz, la calma, el consuelo y la seguridad del porvenir que nos da el conocer el Espiritismo, es la parte dulce y de bienestar que nos dan tales conocimientos; pero la corrección que hemos de hacer en nosotros mismos (porque nadie hay perfecto), el combatirnos defectos y separar superfluidades y perfeccionar la virtud y la humildad, esto nos lleva a una observación y a un trabajo constante, porque si nos extasiábamos en gozar de las ventajas que nos trae el Espiritismo, y olvidáramos la corrección y la adquisición de virtudes, ¡Qué sería de nosotros! He prescrito reglas y maneras para los presidentes y directores de Centros espiritistas; pero yo mismo me digo: ¿Tú que tantos años te ha tocado exhortar y enseñar, has cumplido con estas reglas? ¿Has sido tolerante, amoroso, caritativo y humilde como debías ser? ¿Has estado oportuno, discreto y abnegado como aconsejas? Lo dudo; sin embargo yo no puedo afirmar ni negar en este caso; mis hermanos, los que tantos años me han observado, los que tantos años me han seguido, éstos son los que pueden juzgar; yo creo que no me habrán faltado deficiencias; sé que he tenido defectos; sé que casi nunca he estado a la altura de mi cargo; pero suplico a mis hermanos que me perdonen; suplico que en lo que hayan observado que no fuera bastante correcto que no me sigan; suplico más, suplico que me observen, y que lo que vean en mi que no sea bastante sano, correcto y caritativo, que si en mis palabras y en mis obras no hay la caridad, la humildad y la justicia que debe haber, que me exhorten, que me avisen; pero que lo hagan con caridad, que no olviden, en este caso, que yo les amo y que deseo ser amado por ellos, que me hablen como habla una madre a su hijo, que yo haré lo mismo, y si no les atiendo a la primera vez, que pudiera suceder, siendo tan ruin como soy, que no se cansen; harán una verdadera obra de caridad. ¿Puedo yo juzgarme a mí mismo? ¿Puedo creer que todo lo hago bien? Pues para convencerme necesito vuestro juicio, saber vuestra opinión, pero suplico que seáis amables y benévolos conmigo, como yo lo he sido con vosotros, que ésta es la verdadera caridad.

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Habré cumplido fielmente mi misión? ¿Habré sido para mis hermanos lo que debía ser? ¿Habré sido bastante agradecido a los beneficios que vos, Padre mío, me habéis hecho? Cuando recuerdo los días de mi incredulidad, cuando recuerdo aquellas noches pasadas entre el sufrimiento y la soledad, perdida toda esperanza, perdidos todos los seres queridos, y comparo los días de esperanza, rodeado de verdades y consuelos, dados por aquellos mismos que yo creía perdidos; cuando comparo los bienes inmensos, consoladores, encontrados por medio del Espiritismo, mi amor se eleva a vos, Padre mío, y comprendo que todos cuantos sacrificios y todos cuantos trabajos practicados en bien de mis hermanos, son muy poca cosa al lado de los bienes que he recibido de Vos. Por eso con toda mi alma os pido perdón de mis deficiencias, de las faltas que, sin duda, habré cometido, de la falta de abnegación que habré tenido, de mi poca humildad y caridad con mis hermanos, y os pido luz, mucha luz, para que en el poco tiempo que me resta de estar sujeto a la tierra pueda reparar y corregirme lo que haya en mí de deficiencias, de imperfecciones, para que en mi insignificante misión pueda haberos demostrado mi agradecimiento y mi amor, y en los días aciagos que hayan de venir, haced, Padre mío, Bien mío, Grandeza mía, que recuerde el Gran ejemplo del Maestro divino, del Señor de los señores, del Puro, del Inmaculado Jesús. ¡Ah! ¡Qué dichoso seré si en los días de prueba se recordaros y amaros!; ¡qué dichoso seré si en los días de angustia os se mirar cuando coronado de espinas subíais la cuesta del calvario con la cruz; ¡qué dichoso seré, Señor mío, si en los actos de dolor se obrar como Vos, sufriendo sin dar pena a nadie y demostrando serenidad y calma, como Vos demostrasteis en vuestra crucifixión!.

Dadme, Señor, la verdadera conciencia de la importancia que tiene, para mi progreso, el saber sufrir bien; dadme, Señor mío, amor de mi alma, la verdadera conciencia, el verdadero conocimiento de lo que significa el ejemplo que nos habéis legado para nuestro bien, para alivio de nuestras aflicciones; dadme la verdadera convicción de lo que puedo alcanzar si soy paciente, sufrido, abnegado, caritativo, no para alcanzar méritos, sino para llegar a la tranquilidad de mi espíritu, que desea lo que no hallo en la tierra, siento lo que no encuentro aquí; mi espíritu desea amor verdad, fraternidad verdad, indulgencia verdad, y comprendo que para hallar lo que anhela mi espíritu no lo puedo hallar en la tierra, sino en otras moradas; por eso, Señor de mi alma, os pido luz, amor, paciencia, virtud para que cuando llegue la hora de partir de la tierra pueda morar entre los que se aman, se toleran, se dispensan y siguen por el camino que Vos nos habéis trazado, camino que al fin nos llevará a las moradas de felicidad. Hermanos todos los que dirigís y los que escucháis y aprendéis; los que tenéis la misión de exhortar y los que seguís según las instrucciones de los del espacio y de los de la tierra, amaos mucho, toleraos y corregíos con indulgencia; fijad todas vuestras esperanzas en la vida que ha de venir; sed abnegados y caritativos moral y materialmente hasta allá donde lleguen vuestras fuerzas, y no dudéis que, añadiendo a todo esto un gran respeto y admiración al Padre hasta a donde pueda llegar vuestra admiración, el Espíritu de Verdad tendrá su cátedra en vuestros Centros y os enseñará a seguir, prácticamente, al que Dios nos presentó como modelo, y que, según sus propias palabras, es el camino, la verdad y la vida; os enseñará a hacer de los Centros espiritistas un edén de felicidad, reinará la paz de los justos y sentiremos ya entre nosotros el preludio de la paz que ha de venir; nuestra misión se deslizará tranquila en la tierra, comunicaremos nuestra paz y nuestra esperanza a muchos, y seremos la luz del mundo, inspirados y educados por el Espíritu de Verdad.

Miguel Vives (Extraído del libro “Guía práctica del espiritista”)

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