La llegada

ene 2nd, 2012 by admin in León Denis
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Una luz surgió en el cielo estrellado como foco resplandeciente cortando el espacio. Caminando por el camino oscuro, con dificultad, el pequeño Ismael quedó paralizado. En aquel instante, un sentimiento profundo de amor inundó su corazoncito, que latía apresurado.

Una inmensa seguridad lo dominó. ¡Era Él, el Salvador del Mundo, que llegaba! ¡El Mesías tan esperado por su pueblo!

Elevó las manos para lo alto, mientras lágrimas de alegría le descendían por el pequeño rostro moreno.

Ismael era un chico como tantos de su edad. De familia muy pobre, apenas conseguía lo suficiente para sobrevivir. Era pequeño aún, pero ya ayudaba a su padre en los cuidados con la tierra, y también a la madrecita en las tareas domésticas.

La esperanza, sin embargo, siempre fue su compañera constante. Amaba a Dios con todas las fuerzas y en su interior sabía que aquel Mesías tan bueno iba a llegar. No sabía cuándo, pero lo esperaba con mucha ansiedad.

En las noches de frío, la familia, recogida alrededor del fuego, les gustaba oír a su padre contar las profecías que hablaban de la venida del Salvador. Y adormecía tranquilo, soñando con una época diferente, en que todos iban a amarse.

Cierto día, su madrecita cayó enferma. Ardía de fiebre en el lecho y todos temían por su vida. Sin poder apartarse cerca de ella, el padre pidió a Ismael que fuera a buscar a Samáia, una vieja curandera, que entendía de hierbas y que, a falta de un médico, era la única persona en la ciudad que podría socorrerlos en aquella emergencia.

Ismael no dudó. El padre le explicó como llegar hasta Samáia y, colocando la mano en su cabeza, dijo:

— Que el Señor te bendiga, hijo mío. Ten cuidado y no pares para hablar con extraños, pues la ciudad está repleta de forasteros que vinieron para el censo.

Vivían en Belén y, exactamente esos días, por fuerza de una orden del rey, que deseaba saber cuántos habitantes existían en el país, todos los habitantes se habían desplazado de sus casas, dejando sus ciudades, para dar sus nombres.

Caminando apresurado por las calles, Ismael buscaba no desviar su atención distrayéndose con el ruido de los forasteros. Pero el sonido de música, de grupos que bailaban, era contagioso; el olor de perfume, mezclado con pescado frito, de condimentos. De pan salido del horno, alcanzaban su olfato. Y él estaba hambriento. Nada había comido en aquel día.

Al poco, el ruido de la ciudad fue disminuyendo, quedando atrás. Ahora, caminando por el camino, en medio de la oscuridad, Ismael sentía miedo. La noche se había llenado de otro tipo de sonidos: de animales extraños que venían de todos los lados. Y él se encogía, con los ojos abiertos, pero proseguía siempre. Necesitaba encontrar a Samáia, la única persona capaz de socorrer a su madre.

Mirando el cielo estrellado, Ismael pensaba: ¿Por qué sufría tanto? ¿Cual era la razón de su vida siendo tan difícil, cuando otros niños tenían todo? ¡Y ahora, la madrecita enferma! Él tenía miedo de perderla.

— ¡Señor, protege a mi madre!

En ese momento, Ismael vio que el manto estrellado de la noche fue inundado por una luz muy brillante. Y el foco luminoso se desplazaba por el cielo, descendiendo hasta encontrarse con la Tierra, en algún punto no muy distante.

Lo que causó mayor extrañeza al niño es que el foco de luz parecía compuesto de infinitos puntos brillantes, como seres bellos, sonrientes y luminosos y que, por estar muy juntos, parecían ser una única luz.

Ismael sintió el pecho inflarse de una nueva esperanza. Íntimamente, algo le decía que era el Mesías, con su corte angélica, que llegaba al mundo. Todo sería diferente de ahí en adelante. Una Nueva Era iba a comenzar para la humanidad.

Apresuró el paso. Tenía urgencia por encontrar a Samáia. Sabía que su madrecita quedaría curada.

Sin dificultad localizó a la mujer y le pidió que fuera a ver a su madre. Servicial, la señora lo acompañó de vuelta a Belén.

Aunque con el corazón en fiesta, Ismael nada contó sobre lo que había visto. Al llegar a casa, llevando a Samáia de la mano, sabía que todo estaba bien. Entró en el cuarto y encontró a su madrecita sentada en el lecho, ya sin fiebre, tomando un trago de té que una vecina le había traído.

Con una sonrisa en el rostro, él dijo:

— ¡Madre! ¡Gracias al Mesías, tú estás curada!

— ¿Qué estás diciendo, hijo mío? — preguntó el padre, intrigado.

E Ismael relató, con seriedad y emoción:

— Papá mío, en esta noche, el Salvador descendió al mundo.

Y ante la perplejidad de todos, contó lo que había ocurrido. Y tal era la riqueza de detalles, que nadie tuvo dudas en creer en las palabras del niño.

Emocionados, se arrodillaron para orar a Dios, agradeciéndole la bendición de estar viviendo en esa época en que tan grandes cosas irían a ocurrir.

TIA CÉLIA

Autora: Célia Xavier Camargo

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