Una historia para niños: “El cofrecito”

feb 24th, 2012 by admin in León Denis
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André, de sólo siete años, recibió un pequeño cofre con el formato de un cerdito. A partir de ese día, comenzó a guardar las monedas que recibía. Sabiendo de eso, siempre que les sobraba alguna moneda, los padres y abuelas las daban al niño. Al recibir una moneda sus ojos brillaban. Contento, él corría para el cuarto y depositaba la moneda en su cofrecito, cuyo peso fue aumentando cada vez más.

Algún tiempo después, fuertes lluvias cayeron y André supo que un barrio muy pobre fuera invadido por las aguas del río, inundando las calles y casas. Un grupo de personas pedía ayuda para los habitantes del barrio, que ahora estaban al desamparo, después de perder casas, muebles y ropas.

André sintió mucha pena de esas personas. Cuando pasaron por su casa recogiendo ayuda para los flagelados, el chico pensó que le gustaría ayudar, ¡pero no tenía nada!…

La madre, recibiendo a los visitantes informó:

— Quiero colaborar mucho, sin embargo, en este momento acepten estas piezas de ropas.

— Gracias, señora. ¡Serán muy útiles! — respondió el hombre con una sonrisa.

André, que oía la conversación, se acordó de su cofrecito. ¡Él tenía dinero! Corrió hasta el cuarto y, quitando al cerdito de encima de la mesita, notó como estaba de pesado.

Salió del cuarto doblado bajo el peso del cofre, cuando de repente se paró, pensando: ¡Pero esas monedas son todo lo que yo tengo!… ¡¿Voy a darlas todas?!…  — y dio media vuelta, dejando el cofre donde estaba.

En aquella noche, la familia se reunió para el Evangelio en el Hogar, y la lección era sobre la avaricia.

— ¿Papá, qué quiere decir avaricia? — André preguntó, curioso.

— Avaricia, hijo mío, es el apego excesivo que ciertas personas tienen al dinero.

Después de la lectura, pasaron a los comentarios. El niño volvió a indagar, preocupado:

— Papá, ¿entonces el dinero es malo?

— No, hijo mío. El dinero es neutro: ni bueno ni malo. Depende del uso que hagamos de él. Es malo cuando lleva al crimen, a las adicciones y todo lo que sea negativo. Pero también es bueno, pues ayuda a construir escuelas, hospitales, puentes, socorrer personas. Cuando guardamos el dinero sin objetivo, el se vuelve un peso.

— Ah!… ¿Entonces no podemos guardarlo? — volvió el niño.

— Podemos sí, André. El dinero que conseguimos economizar es esfuerzo que hacemos pensando en el futuro. Sin embargo, hijo mío, las monedas que no nos hacen falta pueden representar una bendición de Dios para los que la necesitan.

— Entendí, papá. ¡Es cómo si Dios, a través de nuestras manos, les hubiera entregado!

— Eso mismo, hijo.

— Pero si el dinero fue regalo de otras personas, ¿aún así podemos dar?

El padre entendió dónde el hijo quería llegar y esclareció:

— ¡A buen seguro, André! Cuando recibimos algún regalo, él pasa a ser nuestro y podemos utilizarlo como hallemos mejor.

— ¡Ah!… — André se calló, pensativo.

La reunión fue concluida con una plegaria. Después de una ligera cena, fueron a dormir. El niño estaba todo animado, deseando que llegara el día siguiente.

Apenas un rayito de sol entró por su ventana, André despertó. Se arregló, cogió el cofrecito y salió de casa, tomando el rumbo de la escuela donde las personas estaban acogidas.

Entrando en el barrio cubierto, quedó muy triste al ver cuánta gente estaba durmiendo allí en el suelo: había niños, jóvenes, adultos y ancianos. Las familias se mantenían unidas, pero la tristeza era grande y muchos lloraban.

Andando en medio de aquella gente, André vio a una familia en un rincón y se sintió atraído por ella: eran los padres, cuatro niños y un bebé. “¿Y si fuese el que estuviera allí en el lugar de ellos?” — a ese pensamiento, se sintió tocado.

Se aproximó y extendió los brazos, entregando al padre su pequeño cofre. Una niña, de tres años, sonrió y aplaudió de alegría, diciendo: — ¡Mirad! ¡Que lindo cerdito!…

Todos sonrieron y el padre, emocionado, al ver el peso de las monedas, agradeció el regalo. Le preguntó el nombre, después se presentó, extendiendo la mano:

— Yo soy Alfonso. ¡Muchas gracias, André, por tu ayuda! ¡Tú no sabes cuánto representa eso para nosotros! ¡Fue Dios que te mandó aquí!…

Los ojos de André se humedecieron delante de aquellas palabras

Alfonso pareció pensar por algunos instantes, después consideró:

- André, si no te importa, yo voy a entregar este tesoro que nos diste para el equipo que está ayudándonos. Así, tu dádiva servirá para comprar comida para todos. ¿Todo bien?

André sonrió, estando de acuerdo. Aunque niño, notó la grandeza de alma de Alfonso que, preocupado con los demás flagelados, no quería beneficiarse solo de aquello que recibió.

Después de charlar un poco con la familia, el chico se despidió prometiendo volver. Por el tamaño de la necesidad de aquellas personas, decidió que volvería trayéndoles todo lo que pudiera conseguir. Además de eso, pretendía también pedir en las casas, colaborando en la recolecta a favor de los necesitados.

André volvió para casa sintiéndose aliviado. No sólo sus manos estaban libres de un peso. Sentía el corazón también más ligero.

Y, allá en el fondo del pecho, él notó que un calorcito bueno se esparcía por todo el cuerpo llenándolo de bienestar y alegría por haber realizado una buena acción.

MEIMEI

(Recibida por Célia X. de Camargo, em Rolândia-PR, em 30/01/2012.)

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