Cuento para niños: El hijito del águila

mar 31st, 2012 by admin in León Denis
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En cierta ocasión, una Águila había salido en búsqueda de alimento. Ella voló bastante, buscando algo que pudiera satisfacer el hambre de sus hijitos, que estaban hambrientos. Buscó… buscó… buscó… hasta que vio, a lo lejos, una gallina bien gorda y apetitosa. La mamá Águila no tuvo dudas. Con rapidez, para no perder su presa, fue en dirección a la gallina que revolvía el terreno y, en un vuelo rasante, la cogió con sus garras y con su pico.

La pobre gallina se debatía, intentando huir de la enorme Águila, cacareando:

— ¡Doña Águila, no me mate! Tengo hijitos aguardándome en el nido. Sin mi presencia, ellos morirán de hambre, pues aún son recién nacidos y muy flaquitos. ¡Tenga piedad!…

Y tanto la pobre galilla pidió que el águila, condolida, acordándose de sus hijitos, la soltó.

— ¡Está bien! ¡Está bien!… Por esta vez, está libre. ¡Pero evite caer en mis garras de nuevo, porque no tendré piedad!

— ¡Gracias! ¡Gracias, doña Águila! ¡Si necesita de alguna cosa, puede contar conmigo!

Orgullosa, el águila alzó el vuelo en el espacio, pensando:

— ¡Pues sí! ¿Cuándo es que yo, enorme y linda Águila, poderosa y respetada por todos en el cielo, voy a necesitar de los favores de una ordinaria gallina?

Regresando a su nido, el águila miró a los hijitos que la aguardaban con los piquitos abiertos y, acordándose de la gallina, reconoció que había hecho bien en ayudarla. Por lo menos, los pollitos de ella no pasarían hambre.

Algunos días después, con los hijitos ya un poco más expertos, el águila decidió llevarlos para el primer ejercicio de vuelo.

¡Los hijitos estaban eufóricos! ¡Iban a aprender a volar por el espacio con la mamá!

Durante el entrenamiento, sin percibirlo, uno de ellos se alejó de los demás y, confuso, acabó cayendo en medio de algunos árboles.

Sin saber donde estaba, el hijito del águila quedó arrastrándose en el suelo, piando de miedo, llamando a la madre.

En ese momento, la gallina, que removía allí cerca, vio al hijito del águila en apuros y paró, preguntando:

— ¡Hola! ¿Dónde está tu madre?

El hijito, que nunca había visto una gallina, respondió temeroso:

— ¡No sé! Mamá anda con mis hermanos. ¡Intentando volar, yo caí y ahora no sé lo que voy a hacer! — lloriqueaba él, aterrorizado.

— No te preocupes. Me quedaré contigo hasta que tu mamá aparezca. Ella debe estar buscándote y no debe tardar. Queda tranquilo.

— ¡Sí, estoy hambriento!

— ¡Pues entonces, come! Aquí están algunos insectos que conseguí para llevar a mi nido. Pero, no te preocupes. Puedes comer a voluntad. Después cogeré otros para mis hijitos.

— ¡Ellos son una delicia! — aprobó el hijito del águila tras probarlos.

— Puedes comer más, no seas tímido — dijo la gallina, generosa.

En ese instante, oyeron un fuerte golpear de alas. De repente, el águila madre estaba allí, junto a ellos, muy enfadada, y hacía un sonido inarticulado:

— ¿Qué piensa que va a hacer con mi hijito, gallina?

La gallina miró la enorme ave que había llegado, y abrió los ojos de miedo. En eso, el hijito del águila se volvió para la madre y explicó, defendiendo a su benefactora:

— Mamá, yo caí intentando volar y, doña Gallina me encontró y me ayudó. ¡Me dio la comida que iba a llevar para sus hijitos y se quedó aquí cuidando de mí!

Avergonzada, el águila miró a la gallina y dijo:

— Discúlpeme. Le debo mucho, cuidó de mi hijo, lo protegió y lo alimentó. Gracias.

La gallina balanceó la cabeza, y respondió:

— No me agradezca, doña Águila. Yo haría eso por cualquier otro ser. Creo que debemos ayudarnos unos a los otros porque, así, también seremos ayudados.

La gallina paró de cacarear por algunos instantes, miró bien para el águila, y preguntó:

— ¿No se acuerda de mí? Soy aquella gallina que usted ayudó un día. Siempre me acuerdo que, cuando hablé de mis polluelos, usted me dejó ir, libre. Hoy, felizmente, pude retribuir el favor que usted me hizo.

El águila abrazó a la gallina, conmovida con el recuerdo, pues no tenía hábito de ayudar a nadie, y se hicieron amigas.

La orgullosa Águila reconoció que toda buena acción revierte siempre en favor de quien lo practica, aún si quién la practicó o quién la recibió ya no se acuerde de ella.

Lo importante es que el bien generado por la buena acción permanece grabado para siempre en nuestros archivos espirituales.

MEIMEI (Recebida por Célia Xavier de Camargo, em Rolândia-PR, em 5/3/2012.)

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