Posts Tagged ‘Espiritismo para niños’

15
abr

Historia para niños: “La reunión de los animales”

by admin in León Denis

En cierta ocasión, en un bonito bosque, los animales estaban preocupados con su futuro y se reunían para charlar. Las aves volaban por el cielo, vieron lo que estaba ocurriendo y después vinieron a contarles. Decía un papagayo:

— ¡Creedlo! ¡En el bosque hay muchos lugares con fuego!

— ¡Pero no es sólo  eso! Hay lugares en que los hombres están derrumbando los árboles. ¡Después de colocar la madera en grandes camiones, ellos hacen fuego en el terreno! — un tucán añadió.

— ¡Qué horror! — exclamaban los bichos aterrorizados, oyendo con tristeza.

— ¡El humo invade todo y muchos mueren sofocados! Las aves y los animales están desesperados. ¡Desalojados, vinieron para acá a buscar ayuda!… — el mono completó, acomodado en una rama.

El león, rey de la selva, quedó pensando. Después preguntó:

— ¿Alguien tiene alguna sugerencia para resolver esta grave situación, que coloca en riesgo nuestras casas y la vida de la selva?

El … levantó la patita y sugirió:

— ¡Sugiero que el elefante llene su trompa con agua y la tire sobre el fuego para apagarlo!

— ¡No digas tonterías! Incluso con una trompa grande, ¿cómo hacer para llenarla de nuevo? ¡Mientras voy hasta el río y vuelvo, el fuego se extenderá en todo! Además de eso, no soluciona la cuestión del desmantelamiento — el elefante respondió.

Todos estuvieron de acuerdo. El venado arriesgo un…

— ¿Y si fuésemos hasta allí para charlar con los hombres y explicar la situación?

— Ellos nos matarían para vender nuestra piel — replicaron

Cada uno dio una idea diferente, siempre rechazada por los demás. Desanimados, estaban ya a finales de la reunión, cuando la lechuza, que hubo permanecido callada, habló:

— Yo sé como resolver esos problemas.

— ¿Sabes? — Preguntó el león, interesado — ¡Pues entonces decidlo! ¿Cual es la solución?

La lechuza, que es muy sabia, hinchó el pecho y dijo:

— Pues bien. Si fueran ustedes quienes estuvieran practicando esos crímenes, ¿qué podría hacerlos parar? ¿Cuál sería el argumento más fuerte?

Los animales se callaron, pensando en la respuesta. Finalmente, tuvieron que confesar su ignorancia.

— ¡Diga luego, doña lechuza! ¿Quiere matarnos de aflicción?… — rugió el león.

La lechuza abrió aún más los ojos, hizo una pose y respondió:

— ¡Es simple! Cada uno de nosotros preserva con mucho amor a su familia, defendiéndola de todos los peligros y deseando lo mejor para ella, ¿no es?

— ¡Sí! ¡Eso nosotros ya lo sabemos! ¿Pero cual es la conexión con nuestra cuestión de supervivencia? ¡Finalmente, los hombres van a acabar llegando hasta nosotros! — replicó el león, preocupado.

— ¿No lo notan? ¡Si protegemos nuestra familia, ellos también protegen las familias de ellos! Si consiguiéramos que los niños, que son más sensibles, nos defiendan, mostrando la importancia de la preservación de la selva para la vida de todos, habremos resuelto el problema de la destrucción. ¡Basta saber quién va a hablar con los hijos de ellos!

— ¡Eso mismo! ¡Tiene razón! ¡Viva la lechuza!… — gritaban todos en algazara.

Sabían donde encontrarlos. Los hombres residían en villas próximas a la región del desmantelamiento. Los ojos del león brillaron. Los demás bichos también quedaron más alegres. El rey de los animales indagó quienes irían a hablar con los niños.

— ¡El papagayo, ya que es el único que habla la lengua de ellos! – sugirió la lechuza.

Así resuelto, el papagayo, como embajador de los bichos, levantó vuelo y fue hasta la villa. Llegando allá, encontró a los niños jugueteando. Les contó sobre lo que estaba ocurriendo con los animales, les habló sobre la destrucción de la selva, el incendio que se arrastraba por todo lado, amenazando la vida de todos los habitantes de la selva. Y concluyó:

— Cuando los hombres destruyan toda la floresta, no habrá más vida: todos los animales, pájaros e insectos perderán sus casas y no tendrán donde vivir.

Los niños, atentos y amorosos, oyeron preocupados. Después, fueron a buscar a los padres, a quienes contaron lo que estaba ocurriendo.

Fausto, el dueño de la empresa y responsable por el desmantelamiento, respondió:

— ¡Pero, vosotros no corréis peligro! ¡El peligro es sólo para los animales!

— ¡No, papá! — Afirmó Lucía, hija de Fausto, con la aprobación de los otros — ¡Con lo que vosotros estáis haciendo destruyen “nuestro” mundo! ¿Cuándo acaben con él, como vamos a vivir? ¡El aire está lleno de humo y yo ni consigo respirar bien! Cuando destruyáis todo, ¿qué será de nosotros? Porque ya derrumbaron otros bosques y van a continuar destruyendo otros más. ¿Y qué será de nuestro planeta? ¡Tenemos que cuidar del medio ambiente, de la naturaleza, papá!…

Las madres también adhirieron al movimiento y, tanto los niños como las madres explicaron, lloraron y oraron, suplicando el amparo de Jesús, hasta que Fausto acabó por reconocer que ellos tenían  razón:

— ¡Todo bien! ¡Todo bien! ¡Vosotros ganasteis! ¡Basta de llanto!…

Los niños se pusieron la aplaudir en el pego de los padres, gritando de alegría y satisfacción. El papagayo voló para la claridad de la selva, donde los animales aguardaban la respuesta:

— Los niños lo consiguieron. ¡Ellos son nuestros amigos! ¡Estamos salvados!… Viva! Viva!…

Y, en aquella noche, todos en la floresta conmemoraron la victoria. Ellos sabían que la conquista no era de un lado ni del otro, sino de todos, pues quién ganaría era el planeta Tierra.

Había mucho por hacer. Fausto reunió sus hombres y ordenó medidas para contener el fuego. Después, ellos irían a cuidar del reflorestamiento de la región y todo lo malas que fuera necesario.

La paz había vuelto a la selva y todos agradecieron a Jesús y a lo niños que los ayudaron.

MEIMEI

(Recebida por Célia Xavier de Camargo, em Rolândia-PR, em 27/02/2012.)

Traducción de la revista O Consolador

 

31
mar

Cuento para niños: El hijito del águila

by admin in León Denis

En cierta ocasión, una Águila había salido en búsqueda de alimento. Ella voló bastante, buscando algo que pudiera satisfacer el hambre de sus hijitos, que estaban hambrientos. Buscó… buscó… buscó… hasta que vio, a lo lejos, una gallina bien gorda y apetitosa. La mamá Águila no tuvo dudas. Con rapidez, para no perder su presa, fue en dirección a la gallina que revolvía el terreno y, en un vuelo rasante, la cogió con sus garras y con su pico.

La pobre gallina se debatía, intentando huir de la enorme Águila, cacareando:

— ¡Doña Águila, no me mate! Tengo hijitos aguardándome en el nido. Sin mi presencia, ellos morirán de hambre, pues aún son recién nacidos y muy flaquitos. ¡Tenga piedad!…

Y tanto la pobre galilla pidió que el águila, condolida, acordándose de sus hijitos, la soltó.

— ¡Está bien! ¡Está bien!… Por esta vez, está libre. ¡Pero evite caer en mis garras de nuevo, porque no tendré piedad!

— ¡Gracias! ¡Gracias, doña Águila! ¡Si necesita de alguna cosa, puede contar conmigo!

Orgullosa, el águila alzó el vuelo en el espacio, pensando:

— ¡Pues sí! ¿Cuándo es que yo, enorme y linda Águila, poderosa y respetada por todos en el cielo, voy a necesitar de los favores de una ordinaria gallina?

Regresando a su nido, el águila miró a los hijitos que la aguardaban con los piquitos abiertos y, acordándose de la gallina, reconoció que había hecho bien en ayudarla. Por lo menos, los pollitos de ella no pasarían hambre.

Algunos días después, con los hijitos ya un poco más expertos, el águila decidió llevarlos para el primer ejercicio de vuelo.

¡Los hijitos estaban eufóricos! ¡Iban a aprender a volar por el espacio con la mamá!

Durante el entrenamiento, sin percibirlo, uno de ellos se alejó de los demás y, confuso, acabó cayendo en medio de algunos árboles.

Sin saber donde estaba, el hijito del águila quedó arrastrándose en el suelo, piando de miedo, llamando a la madre.

En ese momento, la gallina, que removía allí cerca, vio al hijito del águila en apuros y paró, preguntando:

— ¡Hola! ¿Dónde está tu madre?

El hijito, que nunca había visto una gallina, respondió temeroso:

— ¡No sé! Mamá anda con mis hermanos. ¡Intentando volar, yo caí y ahora no sé lo que voy a hacer! — lloriqueaba él, aterrorizado.

— No te preocupes. Me quedaré contigo hasta que tu mamá aparezca. Ella debe estar buscándote y no debe tardar. Queda tranquilo.

— ¡Sí, estoy hambriento!

— ¡Pues entonces, come! Aquí están algunos insectos que conseguí para llevar a mi nido. Pero, no te preocupes. Puedes comer a voluntad. Después cogeré otros para mis hijitos.

— ¡Ellos son una delicia! — aprobó el hijito del águila tras probarlos.

— Puedes comer más, no seas tímido — dijo la gallina, generosa.

En ese instante, oyeron un fuerte golpear de alas. De repente, el águila madre estaba allí, junto a ellos, muy enfadada, y hacía un sonido inarticulado:

— ¿Qué piensa que va a hacer con mi hijito, gallina?

La gallina miró la enorme ave que había llegado, y abrió los ojos de miedo. En eso, el hijito del águila se volvió para la madre y explicó, defendiendo a su benefactora:

— Mamá, yo caí intentando volar y, doña Gallina me encontró y me ayudó. ¡Me dio la comida que iba a llevar para sus hijitos y se quedó aquí cuidando de mí!

Avergonzada, el águila miró a la gallina y dijo:

— Discúlpeme. Le debo mucho, cuidó de mi hijo, lo protegió y lo alimentó. Gracias.

La gallina balanceó la cabeza, y respondió:

— No me agradezca, doña Águila. Yo haría eso por cualquier otro ser. Creo que debemos ayudarnos unos a los otros porque, así, también seremos ayudados.

La gallina paró de cacarear por algunos instantes, miró bien para el águila, y preguntó:

— ¿No se acuerda de mí? Soy aquella gallina que usted ayudó un día. Siempre me acuerdo que, cuando hablé de mis polluelos, usted me dejó ir, libre. Hoy, felizmente, pude retribuir el favor que usted me hizo.

El águila abrazó a la gallina, conmovida con el recuerdo, pues no tenía hábito de ayudar a nadie, y se hicieron amigas.

La orgullosa Águila reconoció que toda buena acción revierte siempre en favor de quien lo practica, aún si quién la practicó o quién la recibió ya no se acuerde de ella.

Lo importante es que el bien generado por la buena acción permanece grabado para siempre en nuestros archivos espirituales.

MEIMEI (Recebida por Célia Xavier de Camargo, em Rolândia-PR, em 5/3/2012.)

3
mar

Pequeña historia para niños: El defecto

by admin in León Denis

Francisco, esperando con mucho amor a los padres, nació con un pequeño problema: tenía una de las piernas un poco menor que la otra. Viviendo en una ciudad pequeña y sin recursos, los padres quedaron felices con el nacimiento del bebé, sin preocuparse con el defecto, creyendo que se resolvería con el tiempo. Los años fueron pasando y Francisco se hacía cada vez más experto y activo, cercado por el amor de la familia. Ahora vivían en una ciudad mayor y más bonita, y él tenía amigos, jugaba y se divertía.

Cierto día, sin embargo, Francisco jugaba en la calzada con algunos amigos, cuando se enfadó con Marquinho, uno de los chicos. Se agarraron por los brazos y se dieron puntapiés, rodando por el suelo.

Un hombre que pasaba, viendo la pelea, consiguió separar a los dos. Sin embargo, Marquinho, lleno de rabia se irguió del suelo y, limpiando las lágrimas del rostro, gritó:

— ¡Inválido! ¡Tú me la pagas!…

Oyendo aquellas palabras, Francisco quedó rojo de rabia y humillación. Aunque los otros niños quisieron continuar el juego, él se negó, diciendo que necesitaba volver para casa.

A partir de ese día, Francisco se volvió triste y callado. No quería jugar más con los amigos, no quería salir para pasear, no quería hacer nada.

La madre, preocupada al ver el estado del hijo, le preguntó:

— ¿Qué pasó, hijo mío? ¡Tu andas triste, callado, no quieres ni jugar más!…

Bajando la cabeza, Francisco se echó a llorar:

— ¿Mamá, por qué yo nací así?

— ¿Así como, hijo mío? — contestó la madre, admirada.

— ¡Inválido, ahora con eso! ¡Un chico me llamó inválido!…

La madrecita lo colocó en el pecho y, abrazándolo con amor, le habló con ternura:

— Hijo mío, tú no eres inválido. ¡Tienes un defectito en la pierna que apenas se nota! ¡Tanto es que tú nunca te preocupaste con el!… ¿Algún día ese defecto te impidió  hacer alguna cosa?

— ¡No! — él respondió, balanceando la cabeza.

— Entonces, hijo, Dios sabe lo que hace. Además de eso, tal vez nuestro Padre Celestial haya querido que tu tuvieras cuidado. Es como si Él dijera: — ¡Francisco, mira lo que tú vas a hacer con su pierna! ¡Todo lo que yo doy es para haber buen uso! ¿Entendiste, hijo mío?

— Más o menos. ¿Es porque yo puedo usarla para el mal?

— Exactamente, hijo. Tú puedes golpear a alguien, puedes trillar un camino malo, complicando tu vida. Ese problema en la pierna es una marca que tú trajiste del pasado, es decir, de otra existencia en que, probablemente, perjudicaste a alguien. Cuando hacemos algo negativo, creamos una marca del cuerpo espiritual y renacemos con ella para intentar notar nuestro error.

— Ah!… Entendí. Quieres decir que yo necesito tratar bien a todo el mundo y no pelear con nadie. ¿Pero voy a continuar con ese defecto la vida entera?

— ¿Quién sabe? Es posible hasta que busquemos un buen médico que resuelva tu problema. ¡Pero, la verdad, hijo mío, es que eso no representa nada! Ven conmigo. Voy a llevarte a hacer una visita.

La madre llevó a Francisco hasta una entidad que cuidaba de niños con dificultades diversas. Había niños ciegos, sordos, mudas, paralíticas, sin brazos o sin piernas, con deficiencias mentales y todo tipo de problemas.

Al verlas, el niño sintió la compasión crecer en su interior. ¡Conversó con las personas que cuidaban de ellos, con los niños que podían hablar y percibió que, a pesar de todo, ellos eran alegres! Dependiendo de las posibilidades, ellos jugaban, reían, cantaban.

Francisco volvió para casa sintiéndose diferente.

— Gracias, mamá. Ahora sé que no tengo problema alguno. Yo tengo piernas para andar, puedo ir a la escuela, tengo manos para coger lo que quiera; puedo pensar y aprender, andar en bicicleta y un montón de otras cosas.

Él paró de hablar, sonrió y se lanzó al pecho de la madre, dándole un gran abrazo, mientras decía:

— Agradezco a Dios por todo lo que me dio. ¡Inclusive por la madre que yo tengo!

MEIMEI

(Recibido por Célia Xavier de Camargo, em Rolândia-PR, no dia 6/02/2012.)

 

24
feb

Una historia para niños: “El cofrecito”

by admin in León Denis

André, de sólo siete años, recibió un pequeño cofre con el formato de un cerdito. A partir de ese día, comenzó a guardar las monedas que recibía. Sabiendo de eso, siempre que les sobraba alguna moneda, los padres y abuelas las daban al niño. Al recibir una moneda sus ojos brillaban. Contento, él corría para el cuarto y depositaba la moneda en su cofrecito, cuyo peso fue aumentando cada vez más.

Algún tiempo después, fuertes lluvias cayeron y André supo que un barrio muy pobre fuera invadido por las aguas del río, inundando las calles y casas. Un grupo de personas pedía ayuda para los habitantes del barrio, que ahora estaban al desamparo, después de perder casas, muebles y ropas.

André sintió mucha pena de esas personas. Cuando pasaron por su casa recogiendo ayuda para los flagelados, el chico pensó que le gustaría ayudar, ¡pero no tenía nada!…

La madre, recibiendo a los visitantes informó:

— Quiero colaborar mucho, sin embargo, en este momento acepten estas piezas de ropas.

— Gracias, señora. ¡Serán muy útiles! — respondió el hombre con una sonrisa.

André, que oía la conversación, se acordó de su cofrecito. ¡Él tenía dinero! Corrió hasta el cuarto y, quitando al cerdito de encima de la mesita, notó como estaba de pesado.

Salió del cuarto doblado bajo el peso del cofre, cuando de repente se paró, pensando: ¡Pero esas monedas son todo lo que yo tengo!… ¡¿Voy a darlas todas?!…  — y dio media vuelta, dejando el cofre donde estaba.

En aquella noche, la familia se reunió para el Evangelio en el Hogar, y la lección era sobre la avaricia.

— ¿Papá, qué quiere decir avaricia? — André preguntó, curioso.

— Avaricia, hijo mío, es el apego excesivo que ciertas personas tienen al dinero.

Después de la lectura, pasaron a los comentarios. El niño volvió a indagar, preocupado:

— Papá, ¿entonces el dinero es malo?

— No, hijo mío. El dinero es neutro: ni bueno ni malo. Depende del uso que hagamos de él. Es malo cuando lleva al crimen, a las adicciones y todo lo que sea negativo. Pero también es bueno, pues ayuda a construir escuelas, hospitales, puentes, socorrer personas. Cuando guardamos el dinero sin objetivo, el se vuelve un peso.

— Ah!… ¿Entonces no podemos guardarlo? — volvió el niño.

— Podemos sí, André. El dinero que conseguimos economizar es esfuerzo que hacemos pensando en el futuro. Sin embargo, hijo mío, las monedas que no nos hacen falta pueden representar una bendición de Dios para los que la necesitan.

— Entendí, papá. ¡Es cómo si Dios, a través de nuestras manos, les hubiera entregado!

— Eso mismo, hijo.

— Pero si el dinero fue regalo de otras personas, ¿aún así podemos dar?

El padre entendió dónde el hijo quería llegar y esclareció:

— ¡A buen seguro, André! Cuando recibimos algún regalo, él pasa a ser nuestro y podemos utilizarlo como hallemos mejor.

— ¡Ah!… — André se calló, pensativo.

La reunión fue concluida con una plegaria. Después de una ligera cena, fueron a dormir. El niño estaba todo animado, deseando que llegara el día siguiente.

Apenas un rayito de sol entró por su ventana, André despertó. Se arregló, cogió el cofrecito y salió de casa, tomando el rumbo de la escuela donde las personas estaban acogidas.

Entrando en el barrio cubierto, quedó muy triste al ver cuánta gente estaba durmiendo allí en el suelo: había niños, jóvenes, adultos y ancianos. Las familias se mantenían unidas, pero la tristeza era grande y muchos lloraban.

Andando en medio de aquella gente, André vio a una familia en un rincón y se sintió atraído por ella: eran los padres, cuatro niños y un bebé. “¿Y si fuese el que estuviera allí en el lugar de ellos?” — a ese pensamiento, se sintió tocado.

Se aproximó y extendió los brazos, entregando al padre su pequeño cofre. Una niña, de tres años, sonrió y aplaudió de alegría, diciendo: — ¡Mirad! ¡Que lindo cerdito!…

Todos sonrieron y el padre, emocionado, al ver el peso de las monedas, agradeció el regalo. Le preguntó el nombre, después se presentó, extendiendo la mano:

— Yo soy Alfonso. ¡Muchas gracias, André, por tu ayuda! ¡Tú no sabes cuánto representa eso para nosotros! ¡Fue Dios que te mandó aquí!…

Los ojos de André se humedecieron delante de aquellas palabras

Alfonso pareció pensar por algunos instantes, después consideró:

- André, si no te importa, yo voy a entregar este tesoro que nos diste para el equipo que está ayudándonos. Así, tu dádiva servirá para comprar comida para todos. ¿Todo bien?

André sonrió, estando de acuerdo. Aunque niño, notó la grandeza de alma de Alfonso que, preocupado con los demás flagelados, no quería beneficiarse solo de aquello que recibió.

Después de charlar un poco con la familia, el chico se despidió prometiendo volver. Por el tamaño de la necesidad de aquellas personas, decidió que volvería trayéndoles todo lo que pudiera conseguir. Además de eso, pretendía también pedir en las casas, colaborando en la recolecta a favor de los necesitados.

André volvió para casa sintiéndose aliviado. No sólo sus manos estaban libres de un peso. Sentía el corazón también más ligero.

Y, allá en el fondo del pecho, él notó que un calorcito bueno se esparcía por todo el cuerpo llenándolo de bienestar y alegría por haber realizado una buena acción.

MEIMEI

(Recibida por Célia X. de Camargo, em Rolândia-PR, em 30/01/2012.)

11
feb

Cada uno da lo que tiene

by admin in León Denis

Daniela, niña de 8 años, deseaba mucho poder ayudar a las personas. Había aprendido que todos los seres humanos son hermanos, hijos del mismo padre, que es Dios, y por eso, tenía ganas de esparcir cosas buenas por donde fuera. Cierto día, ella encontró a Celeste, una vecina con quien jugaba siempre. Eran amigas y extrañó ver a la niña triste y con los ojos húmedos.

— ¿Por qué estás llorando, Celeste? — indagó preocupada.

Y la amiga, enjugando los ojos, explicó:

— Mi padre perdió el empleo, y mi madre está afligida, Daniela. No sé lo que va a ser de nosotros. Todo está difícil allá en casa. ¡No tenemos nada, ni que comer!

Daniela oyó y también se quedó triste, pero reaccionó:

— Celeste, no te preocupes. Jesús va a ayudaros a vosotros.

— Yo sé, Daniela. ¡Pero para ayudarnos, Jesús necesita de las personas!

Daniela oyó aquellas palabras y quedó callada, pensando qué hacer. De repente, una idea brillante invadió su cabecita. Ella decidió qué hacer.

— Celeste, no te preocupes. Jesús os va ayudar a vosotros.

— Yo sé, Daniela. ¡Pero para ayudarnos, Jesús necesita de las personas!

Se despidió de la amiga y comenzó a ir de casa en casa, explicando la situación y pidiendo ayuda para la familia de Celeste. En la primera casa, el dueño oyó con una sonrisa y dijo:

— No puedo. Además de eso, si él perdió el empleo es porque hizo algo equivocado. Hallo mejor no meterse, Daniela.

— ¡No tengo dinero! De hecho, si tuviera no lo daría. ¡Esa gente es perezosa! — en otra casa dijo una señora.

En la tercera casa, la chica oyó de la mujer que atendió a la puerta:

— ¡¿Yo?!… ¿Dar dinero a desocupados? ¡De ninguna manera! ¿Y quién es que va a ayudarme?

Desanimada, la niña se sentó en el bordillo y apoyó la cabeza con las manos. ¿Qué hacer?

Su madre, que había extrañado la tardanza de la hija, apareció en el portón y, viéndola desanimada, quiso saber el motivo. Daniela le contó lo que había ocurrido, y terminó por decir:

— ¡Y ahora, mamá, yo no sé qué hacer!…

La señora se sentó en la calzada, la abrazó con cariño, después consideró:

— Tú tienes toda la razón, hija mía, necesitamos ayudar a las personas con necesidad. ¡Pero, si tú piensas así, eres tú quien tienes que ayudar! ¡Haz tu parte! Y puedes contar conmigo y con tu padre, a buen seguro. Sin embargo, cada uno es responsable por la propia vida y no podemos obligar a nadie a hacer lo que no quiera. ¿Entendiste?

— Entendí, mamá. ¡Entonces, si nadie quiere participar, voy a ver cómo yo puedo colaborar!

Daniela fue hasta la casa de Celeste. Del otro lado de la calle, vio que, haciendo un coro, varios vecinos conversaban. Ella pasó y siguió su camino. Llegando a la casa de la amiga, entró y vio a la madre de ella, inquieta, sin saber qué hacer.

— ¿Puedo ayudar, doña Alice?

— ¡Ah! Daniela, yo necesito buscar legumbres para la sopita del bebé y no tengo quién cuide de él, pues Celeste está en el depósito lavando las ropitas del bebé, lo que también es urgente.

— Puede ir, doña Alice, yo tengo cuidado de él — dijo Daniela, tranquilizando a la señora.

La dueña de la casa le agradeció y salió, volviendo rápido. Hizo la sopa del bebé, pero no tenía nada para el almuerzo, ni dinero para comprar. Inmediatamente, Daniela fue hasta su casa, habló con la madre, y trajo los alimentos necesarios, siendo recibida con un abrazo agradecido por doña Alice.

Mientras la señora, más animada, hacía el almuerzo, queriendo ser útil, Daniela barría el jardín. Incomodados, los vecinos se aproximaron con cara fea, preguntando:

— ¿Por qué estás haciendo eso, Daniela?

La niña levantó la cabeza y respondió con firmeza:

— Esta familia está necesitando de ayuda, y yo colaboro como puedo. ¡Cada uno da lo que tiene!

Delante del ejemplo de la niña, los vecinos bajaron la cabeza, avergonzados. En la misma hora, uno de ellos consideró:

— Bien. Por lo que tú me contaste, Olívio está desempleado. Creo que le puedo arreglar una colocación en mi empresa. ¡Así que llegue, voy a hablar con él!

Daniela abrió una gran sonrisa:

— ¡Gracias! ¡Él quedará muy contento y la familia de él también!…

Luego, otras personas quisieron ayudar y, satisfecha, la niña fue a contar a la madre que, también sonriendo, consideró:

— Todo eso es resultado de tu esfuerzo, hija mía. ¿Notaste como tu ejemplo hizo a las personas cambiar de actitud? ¡Felicidades! ¡Jesús debe estar agradecido y contento contigo!

Por el espíritu MEIMEI, recibido por Célia X. de Camargo, em 2 de janeiro de 2012, na cidade de  Rolândia (PR).

6
ene

El cuarto Rey Mago

by admin in León Denis

Esta es sin duda la noche más mágica del año. Una noche en la que revivimos las ilusiones de la infancia, la inocencia y la pureza que muchos nos resistimos a perder. Es por eso que os dejamos esta bella historia mientras esperamos que la magia de esta madrugada nos envuelva y renueve nuestra alma infantil.

Un abrazo a todos y….¡¡¡¡ FELIZ NOCHE DE REYES!!!!

“Cuenta una leyenda rusa que fueron cuatro los Reyes Magos. Luego de haber visto la estrella en el oriente, partieron juntos llevando cada uno sus regalos de oro, incienso y mirra. El cuarto llevaba vino y aceite en gran cantidad, cargado todo en los lomos de sus burritos. Luego de varios días de camino se internaron en el desierto. Una noche los agarró una tormenta. Todos se bajaron de sus cabalgaduras, y tapándose con sus grandes mantos de colores, trataron de soportar el temporal refugiados detrás de los camellos arrodillados sobre la arena. El cuarto Rey, que no tenía camellos, sino sólo burros buscó amparo junto a la choza de un pastor metiendo sus animalitos en el corral de pirca.

Por la mañana aclaró el tiempo y todos se prepararon para recomenzar la marcha. Pero la tormenta había desparramado todas las ovejitas del pobre pastor, junto a cuya choza se había refugiado el cuarto Rey. Y se trataba de un pobre pastor que no tenía ni cabalgadura, ni fuerzas para reunir su majada dispersa. Nuestro cuarto Rey se encontró frente a un dilema. Si ayudaba al buen hombre a recoger sus ovejas, se retrasaría de la caravana y no podría ya seguir con sus Camaradas. El no conocía el camino, y la estrella no daba tiempo que perder. Pero por otro lado su buen corazón le decía que no podía dejar así a aquel anciano pastor. ¿Con qué cara se presentaría ante el Rey Mesías si no ayudaba a uno de sus hermanos? Finalmente se decidió por quedarse y gastó casi una semana en volver a reunir todo el rebaño disperso. Cuando finalmente lo logró se dio cuenta de que sus compañeros ya estaban lejos, y que además había tenido que consumir parte de su aceite y de su vino compartiéndolo con el viejo. Pero no se puso triste. Se despidió y poniéndose nuevamente en camino aceleró el tranco de sus burritos para acortar la distancia. Luego de mucho vagar sin rumbo, llegó finalmente a un lugar donde vivía una madre con muchos chicos pequeños y que tenía a su esposo muy enfermo. Era el tiempo de la cosecha. Había que levantar la cebada lo antes posible, porque de lo contrario los pájaros o el viento terminarían por llevarse todos los granos ya bien maduros. Otra vez se encontró frente a una decisión. Si se quedaba a ayudar a aquellos pobres campesinos, sería tanto el tiempo perdido que ya tenía que hacerse a la idea de no encontrarse más con su caravana. Pero tampoco podía dejar en esa situación a aquella pobre madre con tantos chicos que necesitaba de aquella cosecha para tener pan el resto del año. No tenía corazón para presentarse ante el Rey Mesías si no hacía lo posible por ayudar a sus hermanos. De esta manera se le fueron varias semanas hasta que logró poner todo el grano a salvo. Y otra vez tuvo que abrir sus alforjas para compartir su vino y su aceite.

Mientras tanto la estrella ya se le había perdido. Le quedaba sólo el recuerdo de la dirección, y las huellas medio borrosas de sus compañeros. Siguiéndolas rehízo la marcha, y tuvo que detenerse muchas otras veces para auxiliar a nuevos hermanos necesitados. Así se le fueron casi dos años hasta que finalmente llegó a Belén. Pero el recibimiento que encontró fue muy diferente del que esperaba. Un enorme llanto se elevaba del pueblito. Las madres salían a la calle llorando, con sus pequeños entre los brazos. Acababan de ser asesinados por orden de otro rey. El pobre hombre no entendía nada. Cuando preguntaba por el Rey Mesías, todos lo miraban con angustia y le pedían que se callara. Finalmente alguien le dijo que aquella misma noche lo habían visto huir hacia Egipto. Quiso emprender inmediatamente su seguimiento, pero no pudo. Aquel pueblito de Belén era una desolación. Había que consolar a todas aquellas madres. Había que enterrar a sus pequeños, curar a sus heridos, vestir a los desnudos. Y se detuvo allí por mucho tiempo gastando su aceite y su vino. Hasta tuvo que regalar alguno de sus burritos, porque la carga ya era mucho menor, y porque aquellas pobres gentes los necesitaban más que él. Cuando finalmente se puso en camino hacia Egipto, había pasado mucho tiempo y había gastado mucho de su tesoro. Pero se dijo que seguramente el Rey Mesías sería comprensivo con él, porque lo había hecho por sus hermanos.

En el camino hacia el país de las pirámides tuvo que detener muchas otras veces su marcha. Siempre se encontraba con un necesitado de su tiempo, de su vino o de su aceite. Había que dar una mano, o socorrer una necesidad. Aunque tenía temor de volver a llegar tarde, no podía con su buen corazón. Se consolaba diciéndose que con seguridad el Rey Mesías sería comprensivo con él, ya que su demora se debía al haberse detenido para auxiliar a sus hermanos. Cuando llegó a Egipto se encontró nuevamente con que Jesús ya no estaba allí. Había regresado a Nazaret, porque en sueños José había recibido la noticia de que estaba muerto quien buscaba matarlo al Niño. Este nuevo desencuentro le causó mucha pena a nuestro Rey Mago, pero no lo desanimó. Se había puesto en camino para encontrarse con el Mesías, y estaba dispuesto a continuar con su búsqueda a pesar de sus fracasos. Ya le quedaban menos burros, y menos tesoros. Y éstos los fue gastando en el largo camino que tuvo que recorrer, porque siempre las necesidades de los demás lo retenían por largo tiempo en su marcha.

Así pasaron otros treinta años, siguiendo siempre las huellas del que nunca había visto pero que le había hecho gastar su vida en buscarlo. Finalmente se enteró de que había subido a Jerusalén y que allí tendría que morir. Esta vez estaba decidido a encontrarlo fuera como fuese. Por eso, ensilló el último burro que le quedaba, llevándose la última carguita de vino y aceite, con las dos monedas de plata que era cuanto aún tenía de todos sus tesoros iniciales. Partió de Jericó subiendo también él hacia Jerusalén. Para estar seguro del camino, se lo había preguntado a un sacerdote y a un levita que, más rápidos que él, se le adelantaron en su viaje. Se le hizo de noche. Y en medio de la noche, sintió unos quejidos a la vera del camino. Pensó en seguir también él de largo como lo habían hecho los otros dos. Pero su buen corazón no se lo dejó. Detuvo su burro, se bajó y descubrió que se trataba de un hombre herido y golpeado. Sin pensarlo dos veces sacó el último resto de vino para limpiar las heridas. Con el aceite que le quedaba untó las lastimaduras y las vendó con su propia ropa hecha jirones. Lo cargó en su animalito y, desviando su rumbo, lo llevó hasta una posada. Allí gastó la noche en cuidarlo. A la mañana, sacó las dos últimas monedas y se las dio al dueño del albergue diciéndole que pagara los gastos del hombre herido. Allí le dejaba también su burrito por lo que fuera necesario. Lo que se gastara de más él lo pagaría al regresar. Y siguió a pie, solo, viejo y cansado. Cuando llegó a Jerusalén ya casi no le quedaban más fuerzas. Era el mediodía de un Viernes antes de la Gran Fiesta de Pascua. La gente estaba excitada. Todos hablaban de lo que acababa de suceder. Algunos regresaban del Gólgota y comentaban que allá estaba agonizando colgado de una cruz. Nuestro Rey Mago gastando sus últimas fuerzas se dirigió hacia allá casi arrastrándose, como si el también llevara sobre sus hombros una pesada cruz hecha de años de cansancio y de caminos. Y llegó. Dirigió su mirada hacia el agonizante, y en tono de súplica le dijo:

- Perdoname. Llegué demasiado tarde.

Pero desde la cruz se escuchó una voz que le decía:

- Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Tomado de: Mamerto Menapace, Entre el brocal y la fragua, Buenos Aires, Editorial Patria Grande, 31987, 17-22

2
ene

La llegada

by admin in León Denis

Una luz surgió en el cielo estrellado como foco resplandeciente cortando el espacio. Caminando por el camino oscuro, con dificultad, el pequeño Ismael quedó paralizado. En aquel instante, un sentimiento profundo de amor inundó su corazoncito, que latía apresurado.

Una inmensa seguridad lo dominó. ¡Era Él, el Salvador del Mundo, que llegaba! ¡El Mesías tan esperado por su pueblo!

Elevó las manos para lo alto, mientras lágrimas de alegría le descendían por el pequeño rostro moreno.

Ismael era un chico como tantos de su edad. De familia muy pobre, apenas conseguía lo suficiente para sobrevivir. Era pequeño aún, pero ya ayudaba a su padre en los cuidados con la tierra, y también a la madrecita en las tareas domésticas.

La esperanza, sin embargo, siempre fue su compañera constante. Amaba a Dios con todas las fuerzas y en su interior sabía que aquel Mesías tan bueno iba a llegar. No sabía cuándo, pero lo esperaba con mucha ansiedad.

En las noches de frío, la familia, recogida alrededor del fuego, les gustaba oír a su padre contar las profecías que hablaban de la venida del Salvador. Y adormecía tranquilo, soñando con una época diferente, en que todos iban a amarse.

Cierto día, su madrecita cayó enferma. Ardía de fiebre en el lecho y todos temían por su vida. Sin poder apartarse cerca de ella, el padre pidió a Ismael que fuera a buscar a Samáia, una vieja curandera, que entendía de hierbas y que, a falta de un médico, era la única persona en la ciudad que podría socorrerlos en aquella emergencia.

Ismael no dudó. El padre le explicó como llegar hasta Samáia y, colocando la mano en su cabeza, dijo:

— Que el Señor te bendiga, hijo mío. Ten cuidado y no pares para hablar con extraños, pues la ciudad está repleta de forasteros que vinieron para el censo.

Vivían en Belén y, exactamente esos días, por fuerza de una orden del rey, que deseaba saber cuántos habitantes existían en el país, todos los habitantes se habían desplazado de sus casas, dejando sus ciudades, para dar sus nombres.

Caminando apresurado por las calles, Ismael buscaba no desviar su atención distrayéndose con el ruido de los forasteros. Pero el sonido de música, de grupos que bailaban, era contagioso; el olor de perfume, mezclado con pescado frito, de condimentos. De pan salido del horno, alcanzaban su olfato. Y él estaba hambriento. Nada había comido en aquel día.

Al poco, el ruido de la ciudad fue disminuyendo, quedando atrás. Ahora, caminando por el camino, en medio de la oscuridad, Ismael sentía miedo. La noche se había llenado de otro tipo de sonidos: de animales extraños que venían de todos los lados. Y él se encogía, con los ojos abiertos, pero proseguía siempre. Necesitaba encontrar a Samáia, la única persona capaz de socorrer a su madre.

Mirando el cielo estrellado, Ismael pensaba: ¿Por qué sufría tanto? ¿Cual era la razón de su vida siendo tan difícil, cuando otros niños tenían todo? ¡Y ahora, la madrecita enferma! Él tenía miedo de perderla.

— ¡Señor, protege a mi madre!

En ese momento, Ismael vio que el manto estrellado de la noche fue inundado por una luz muy brillante. Y el foco luminoso se desplazaba por el cielo, descendiendo hasta encontrarse con la Tierra, en algún punto no muy distante.

Lo que causó mayor extrañeza al niño es que el foco de luz parecía compuesto de infinitos puntos brillantes, como seres bellos, sonrientes y luminosos y que, por estar muy juntos, parecían ser una única luz.

Ismael sintió el pecho inflarse de una nueva esperanza. Íntimamente, algo le decía que era el Mesías, con su corte angélica, que llegaba al mundo. Todo sería diferente de ahí en adelante. Una Nueva Era iba a comenzar para la humanidad.

Apresuró el paso. Tenía urgencia por encontrar a Samáia. Sabía que su madrecita quedaría curada.

Sin dificultad localizó a la mujer y le pidió que fuera a ver a su madre. Servicial, la señora lo acompañó de vuelta a Belén.

Aunque con el corazón en fiesta, Ismael nada contó sobre lo que había visto. Al llegar a casa, llevando a Samáia de la mano, sabía que todo estaba bien. Entró en el cuarto y encontró a su madrecita sentada en el lecho, ya sin fiebre, tomando un trago de té que una vecina le había traído.

Con una sonrisa en el rostro, él dijo:

— ¡Madre! ¡Gracias al Mesías, tú estás curada!

— ¿Qué estás diciendo, hijo mío? — preguntó el padre, intrigado.

E Ismael relató, con seriedad y emoción:

— Papá mío, en esta noche, el Salvador descendió al mundo.

Y ante la perplejidad de todos, contó lo que había ocurrido. Y tal era la riqueza de detalles, que nadie tuvo dudas en creer en las palabras del niño.

Emocionados, se arrodillaron para orar a Dios, agradeciéndole la bendición de estar viviendo en esa época en que tan grandes cosas irían a ocurrir.

TIA CÉLIA

Autora: Célia Xavier Camargo