Posts Tagged ‘Textos’

1
dic

La Caridad según San Pablo

by admin in León Denis

Si yo hablara lenguas de hombres y ángeles y no tuviera caridad, soy como metal que suena, o campana que retiñe. – Y si tuviese profecía, y supiese todos los misterios y cuanto se pudiese saber; y si tuviese toda la fe, de manera que traspasase los montes, y no tuviese caridad, nada soy. Y si distribuyese todos mi bienes en dar de comer a pobres y si entregare mi cuerpo para ser quemado, y no tuviese caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es benigna: la caridad no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece. – No es ambiciosa, no busca sus provechos,no se mueve a ira, no piensa mal. – No se goza de la iniquidad, mas se goza de la verdad: Todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Y ahora permanecen estas tres cosas, la fe, la esperanza y la caridad. Mas de éstas, la mayor es la caridad. (San Pablo: 1ª epístola a los Corintios, capítulo XIII, v. de 1 a 7 y 13)

9
nov

Con la palabra….

by admin in León Denis

CON LA PALABRA… Al final de la década de los 70, estuvo en nuestra región el nostálgico poeta paraibano Euricledes Formiga, para un ciclo de conferencias. Durante su exposición, en la ciudad de Jaguapitâ, por varias veces citó hechos pintorescos de la vida de Chico Xavier, enriqueciendo mucho su mensaje. Pero fue cuando él se reportó a la figura del discípulo de Emmanuel predicando el Evangelio para los humildes, debajo de un aguacate, que, sin ninguna duda, emocionó a todos.

Sigue el registro de aquel momento.

EN EL AGUACATERO

Dice Formiga:

Hay un punto en Uberaba (ciertamente muchos de los hermanos aquí conocen) que es el famoso Aguacate, donde Chico iba a predicar el Evangelio los sábados.

¡Aquellas peregrinaciones maravillosas, con aquella humildad, con aquella pureza toda de Chico! Él abre el Evangelio, diserta un tema evangélico, debajo de aquel árbol… y aquella multitud de hambrientos espirituales, hambrientos de consuelo, de bienestar, de paz, de fortalecimiento en sus duras pruebas de miseria en que se encuentran…

Y la palabra de Chico brotando como agua limpia de una fuerte, quitando la sed a aquellas almas del camino.

Un día Chico contó una cosa maravillosa dentro de este contexto, que es la exposición informal que yo estoy haciendo aquí.

El dijo lo siguiente…

EL SABIO Y EL ESCORPIÓN

(LA INDULGENCIA)

“Cierta vez, en India, un sabio pasaba, con su discípulo, al margen del Río Ganges, cuando vio un escorpión que se ahogaba. Él entonces corrió y, con la mano, retiró el bichito y lo trajo a la tierra firme.

En aquel instante, el escorpión lo picó… Dicen que es un dolor terrible… Se hinchó la mano del sabio.

Así que él lo colocó en el suelo, pacientemente, el escorpión volvió para el agua. Y él, con la mano ya hinchada, bajo aquellos dolores violentos, va y lo retira nuevamente.

Y el discípulo observando…

En una tercera vez en que él trae el escorpión, ya con la mano bastante hinchada y los dolores violentos, él lo pone más distante, en tierra. Ahí, el discípulo ya no soporta más aquello y dice:

- Maestro, yo no estoy entendiendo… Este bicho… Es la tercera vez que el señor va a retirarlo del agua y él pica su mano de esa manera. ¡El señor debe estar sufriendo dolores terribles!…

Y él, con la fisonomía plácida de las almas que conocen el secreto del bien, de aquellos que ya realmente conquistaron un territorio de amor y renuncia en el corazón, que tienen la visión de las verdades celestes, se vuelve para el discípulo y dice:

- “¡Hijo mío, por ahora, la naturaleza de el es picar, pero la mía es salvar!”

Libro:  Un Minuto Con Chico Xavier

José Antônio Vieira de Paula

Casa Editora Espírita Pierre-Paul Didier

10
oct

¿Cómo deben ser los centros espiritistas?

by admin in León Denis

Los Centros espiritistas deben ser la cátedra del Espíritu de Verdad, porque de no tener el espíritu de luz su cátedra, tendría su influencia el espíritu del error, y desgraciados de aquellos espiritistas que están bajo la influencia del espíritu de tinieblas que poco, muy poco, adelantarán en la vía de su progreso. Por eso se han visto Centros espiritistas que han caído en aberraciones graves, porque a causa de su falta de examen, o por no seguir una conducta adecuada a las circunstancias, han sido dominados por influencias perversas y han contraído tremendas responsabilidades en lugar de progresar y perfeccionarse.

La Iglesia católica dice que el púlpito es la cátedra del Espíritu Santo, mas nosotros sabemos que no hay santos en el verdadero sentido de la palabra, sino espíritus más o menos adelantados, más o menos perfectos, más o menos puros. Sabemos, también, que el Espíritu de Verdad puede, en circunstancias dadas, inspirar a un político, a un sacerdote, a un hombre de ciencia, sean cuales sean sus creencias, según la importancia del asunto que trate, que desarrolle o discuta, pero no por privilegio ninguno, sino porque es el medio de que se vale la Providencia para hacer que la humanidad progrese; es la manera como el Altísimo se vale para que vaya cambiando el estado de cosas que han de regenerarse; pero nunca se podrá atribuir ninguna escuela, ni religiosa, ni política, ni social, la asistencia exclusiva del Espíritu de Verdad.

Pero yo digo que los Centros espiritistas deben ser cátedra del Espíritu de Verdad, y digo esto porque en los Centros espiritistas se celebran sesiones; en estas, como saben todos mis hermanos, se reciben comunicaciones, estas comunicaciones son inspiradas por espíritus que inspiran o dominan a los médiums; si estos espíritus no son de verdad, ¿a dónde irán a parar los que sean encaminados por espíritus del error? Porque se ha de tener en consideración que las comunicaciones son escuchadas con suma atención y que la mayoría de los hermanos que concurren a las sesiones medianímicas hacen mucho más caso y fijan más su atención en la comunicación de los espíritus que en las exhortaciones del espiritista más entendido; así que, si estas comunicaciones son inspiradas por el Espíritu de Verdad, es muy justificada y es de gran provecho esta atención; pero si el espíritu que se comunica es ligero o espíritu de error, no hay duda que la influencia que ejercerá sobre el común de los reunidos será perniciosa y perjudicial. Por eso se ha de preocupar a toda costa que en los Centros espiritistas sea el espíritu de verdad el que domine y exhorte en las sesiones espiritistas, y como no es el lugar ni la fórmula lo que atrae los Espíritus de Luz, es necesario guardar ciertas reglas para atraerlos y hacerles agradable la estancia entre nosotros.

Entiendo, pues, que los Centros espiritistas deben serlo de amor, de caridad, de indulgencia, de perdón, de humildad, de abnegación, de virtud, de bondad y de justicia, a fin de atraer a los buenos espíritus. El presidente o director de un Centro espiritista debe ser modelo en todo, porque si los demás hermanos que componen el Centro deben procurar guardar una conducta modelo, incumbe más el guardarla al que dirige y enseña; éste ha de ser sufrido hasta lo sumo, no debe ser nunca precipitado, no puede dejarse arrastrar por influencias particulares, sino obrar según el bien general de los hermanos que dirige; si es posible, debe estudiar, en lo que la prudencia indique, el carácter, y tendencias de cada uno de los hermanos que están incluidos bajo su dirección, para encaminar, instruir y dirigir a cada uno, según las necesidades de su carácter y su manera de ser; no debe olvidar que cuando se encuentra revestido de un cargo, que aunque entre los hombres nada es, lo es de mucha importancia ante Dios, que si por desidia o falta de previsión, que con cuidado pueda tener, o por falta de amor y de caridad entre los suyos, permite deficiencias o maneras que pueden perjudicar moralmente a los que dirige, será altamente responsable.

No debe olvidar todo presidente o director de un Centro espiritista que en la dirección de sus hermanos tiene un depósito sagrado, que un día le rendirá grandes beneficios si sabe dirigirles bien, mas le atraerá grandes responsabilidades si no obra como debe. Por eso todo director o presidente debe vivir siempre apercibido, teniendo y llevando su pensamiento muy levantado; debe ser amante de la oración mental; debe estar bien enterado de la ley divina (Evangelio); debe recordar la abnegación, el sacrificio y el amor del Señor y Maestro, para que en todas las ocasiones de su existencia tenga presente la manera de obrar como espiritista, a fin de que tengan motivo de admirarle los que le siguen, nunca de censurarle, porque en su centro él es la luz, es el encargado de la Providencia para dirigir a los que le siguen; es el guía espiritual visible que tienen sus hermanos para su dirección, instrucción y consuelo en la presente existencia; es, en fin, el que puede librar, a los que se le han confiado, de las caídas, preocupaciones y tinieblas de la tierra.

Por eso, con su dulzura, su amor y su palabra persuasiva, siempre mansa y tolerante, debe corregir todo aquello que pudiera ser causa o motivo de que el espíritu de tinieblas pueda encontrar medios para meterse entre las enseñanzas y exhortaciones que se reciban en el Centro; debe procurar que dentro del mismo no se entablen conversaciones sobre cosas ligeras, ni mucho menos sobre asuntos que pudieran redundar en crítica o murmuración sobre hermanos ausentes; no debe olvidar que la caridad y el amor al prójimo nos obligan a no tratar del ausente cuando no se hable bien de él, o si acaso la necesidad obliga, sea hecho tal como se hace con una persona que se la ama mucho y se sufre cuando aquella se desvía. Debe procurar todo presidente o director, que, al entrar en sesión, los hermanos tengan conciencia y estén apercibidos del acto que van a realizar, a fin de evitar que malas influencias se metan en el acto e impidan se pueda recibir la influencia y las instrucciones del Espíritu de Verdad. Por otra parte, los hermanos que concurran y formen el Centro, deben tener obediencia y respeto al que Dios les ha dado para guía y consuelo, que es una gran cosa encontrar en la tierra quien nos encamine hacia al Padre y nos señale los escollos de la vida y nos separe de las caídas, que tan caras cuestan en el porvenir Pero esa obediencia y este respeto no debe ser ni fanática ni obcecada, sino resultado de las obras practicadas por el que tanto se afana para servirles de ejemplo.

El hombre no debe, por ningún concepto, abdicar de la razón y del libre examen, pero debe ser respetuoso y tolerante con el que trabaja para su mejoramiento, y no debe olvidar que nadie puede llegar a la infalibilidad, así es que si llega a notar deficiencias o distracción en el que dirige, nunca debe acudir a la murmuración, ni a la crítica, sino a la prudencia, para saber lo que ha de dispensarse y lo que ha de corregirse, y si llega el caso en que haya de adoptarse la exhortación o el aviso no debe olvidar que antes de verificarlo ha de acudir a los hermanos de mayor criterio, prudencia y caridad, en consulta de su opinión, y si resulta que la exhortación se impone, debe buscarse ocasión y maneras para obrar con el tacto y prudencia que el caso requiera, no olvidando los servicios y trabajos que tiene hechos el presidente o director. El Centro que así obre, estoy seguro que el Espíritu de Verdad informará en sus sesiones el Espiritismo, y aquellos hermanos progresarán y se prepararán un buen porvenir. A veces he oído algunos hermanos que han dicho: ¡Qué suerte el haber conocido el Espiritismo! Yo contesto: Verdaderamente, es una gran ventaja para emplear bien el tiempo en nuestra actual existencia; pero también el haber conocido el Espiritismo nos trae aparejados grandes deberes que cumplir.

Nosotros no podemos vivir como el común de los demás hombres; nosotros hemos de combatir nuestros defectos, hemos de adquirir virtudes, hemos de vivir apercibidos, hemos de ser la luz y el ejemplo, para que los hombres admiren al Padre y se conviertan y entren en la vía de depuración. La luz, la calma, el consuelo y la seguridad del porvenir que nos da el conocer el Espiritismo, es la parte dulce y de bienestar que nos dan tales conocimientos; pero la corrección que hemos de hacer en nosotros mismos (porque nadie hay perfecto), el combatirnos defectos y separar superfluidades y perfeccionar la virtud y la humildad, esto nos lleva a una observación y a un trabajo constante, porque si nos extasiábamos en gozar de las ventajas que nos trae el Espiritismo, y olvidáramos la corrección y la adquisición de virtudes, ¡Qué sería de nosotros! He prescrito reglas y maneras para los presidentes y directores de Centros espiritistas; pero yo mismo me digo: ¿Tú que tantos años te ha tocado exhortar y enseñar, has cumplido con estas reglas? ¿Has sido tolerante, amoroso, caritativo y humilde como debías ser? ¿Has estado oportuno, discreto y abnegado como aconsejas? Lo dudo; sin embargo yo no puedo afirmar ni negar en este caso; mis hermanos, los que tantos años me han observado, los que tantos años me han seguido, éstos son los que pueden juzgar; yo creo que no me habrán faltado deficiencias; sé que he tenido defectos; sé que casi nunca he estado a la altura de mi cargo; pero suplico a mis hermanos que me perdonen; suplico que en lo que hayan observado que no fuera bastante correcto que no me sigan; suplico más, suplico que me observen, y que lo que vean en mi que no sea bastante sano, correcto y caritativo, que si en mis palabras y en mis obras no hay la caridad, la humildad y la justicia que debe haber, que me exhorten, que me avisen; pero que lo hagan con caridad, que no olviden, en este caso, que yo les amo y que deseo ser amado por ellos, que me hablen como habla una madre a su hijo, que yo haré lo mismo, y si no les atiendo a la primera vez, que pudiera suceder, siendo tan ruin como soy, que no se cansen; harán una verdadera obra de caridad. ¿Puedo yo juzgarme a mí mismo? ¿Puedo creer que todo lo hago bien? Pues para convencerme necesito vuestro juicio, saber vuestra opinión, pero suplico que seáis amables y benévolos conmigo, como yo lo he sido con vosotros, que ésta es la verdadera caridad.

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Habré cumplido fielmente mi misión? ¿Habré sido para mis hermanos lo que debía ser? ¿Habré sido bastante agradecido a los beneficios que vos, Padre mío, me habéis hecho? Cuando recuerdo los días de mi incredulidad, cuando recuerdo aquellas noches pasadas entre el sufrimiento y la soledad, perdida toda esperanza, perdidos todos los seres queridos, y comparo los días de esperanza, rodeado de verdades y consuelos, dados por aquellos mismos que yo creía perdidos; cuando comparo los bienes inmensos, consoladores, encontrados por medio del Espiritismo, mi amor se eleva a vos, Padre mío, y comprendo que todos cuantos sacrificios y todos cuantos trabajos practicados en bien de mis hermanos, son muy poca cosa al lado de los bienes que he recibido de Vos. Por eso con toda mi alma os pido perdón de mis deficiencias, de las faltas que, sin duda, habré cometido, de la falta de abnegación que habré tenido, de mi poca humildad y caridad con mis hermanos, y os pido luz, mucha luz, para que en el poco tiempo que me resta de estar sujeto a la tierra pueda reparar y corregirme lo que haya en mí de deficiencias, de imperfecciones, para que en mi insignificante misión pueda haberos demostrado mi agradecimiento y mi amor, y en los días aciagos que hayan de venir, haced, Padre mío, Bien mío, Grandeza mía, que recuerde el Gran ejemplo del Maestro divino, del Señor de los señores, del Puro, del Inmaculado Jesús. ¡Ah! ¡Qué dichoso seré si en los días de prueba se recordaros y amaros!; ¡qué dichoso seré si en los días de angustia os se mirar cuando coronado de espinas subíais la cuesta del calvario con la cruz; ¡qué dichoso seré, Señor mío, si en los actos de dolor se obrar como Vos, sufriendo sin dar pena a nadie y demostrando serenidad y calma, como Vos demostrasteis en vuestra crucifixión!.

Dadme, Señor, la verdadera conciencia de la importancia que tiene, para mi progreso, el saber sufrir bien; dadme, Señor mío, amor de mi alma, la verdadera conciencia, el verdadero conocimiento de lo que significa el ejemplo que nos habéis legado para nuestro bien, para alivio de nuestras aflicciones; dadme la verdadera convicción de lo que puedo alcanzar si soy paciente, sufrido, abnegado, caritativo, no para alcanzar méritos, sino para llegar a la tranquilidad de mi espíritu, que desea lo que no hallo en la tierra, siento lo que no encuentro aquí; mi espíritu desea amor verdad, fraternidad verdad, indulgencia verdad, y comprendo que para hallar lo que anhela mi espíritu no lo puedo hallar en la tierra, sino en otras moradas; por eso, Señor de mi alma, os pido luz, amor, paciencia, virtud para que cuando llegue la hora de partir de la tierra pueda morar entre los que se aman, se toleran, se dispensan y siguen por el camino que Vos nos habéis trazado, camino que al fin nos llevará a las moradas de felicidad. Hermanos todos los que dirigís y los que escucháis y aprendéis; los que tenéis la misión de exhortar y los que seguís según las instrucciones de los del espacio y de los de la tierra, amaos mucho, toleraos y corregíos con indulgencia; fijad todas vuestras esperanzas en la vida que ha de venir; sed abnegados y caritativos moral y materialmente hasta allá donde lleguen vuestras fuerzas, y no dudéis que, añadiendo a todo esto un gran respeto y admiración al Padre hasta a donde pueda llegar vuestra admiración, el Espíritu de Verdad tendrá su cátedra en vuestros Centros y os enseñará a seguir, prácticamente, al que Dios nos presentó como modelo, y que, según sus propias palabras, es el camino, la verdad y la vida; os enseñará a hacer de los Centros espiritistas un edén de felicidad, reinará la paz de los justos y sentiremos ya entre nosotros el preludio de la paz que ha de venir; nuestra misión se deslizará tranquila en la tierra, comunicaremos nuestra paz y nuestra esperanza a muchos, y seremos la luz del mundo, inspirados y educados por el Espíritu de Verdad.

Miguel Vives (Extraído del libro “Guía práctica del espiritista”)

10
jun

Unidad sustancial del Universo

by admin in León Denis

Al Universo lo constituye un solo elemento, aunque triple en apariencia. Espíritu, fuerza y materia, no parecen ser más que los modos, los tres estados de una sustancia inmutable en su principio, más variable hasta lo infinito en sus manifestaciones.
El Universo vive y respira animado por dos potentes corrientes: absorción y dispersión. Por esta expansión, por este soplo inmenso, Dios, el Ser de los seres, el Alma del Universo, crea. Por su amor atrae hacia Él. Las vibraciones de su pensamiento y de su voluntad, fuentes primeras de todas las fuerzas cósmicas, mueven al Universo y engendran la vida.
La materia -digamos- no es más que un modo, una forma pasajera de la sustancia universal que escapa al análisis y desaparece bajo el objetivo del microscopio para disolverse en radiaciones sutiles que no tienen existencia propia. Las filosofías que la toman por base descansan sobre una apariencia, sobre una especie de ilusión.
La unidad del Universo, largamente negada o no comprendida, empieza a ser entrevista por la ciencia. Hace unos veinte años que William Crookes, en el curso de sus estudios sobre las materializaciones de Espíritus, descubrió el cuarto estado de la materia: el estado radiante. Este descubrimiento, por sus consecuencias, revolucionó todas las viejas y clásicas teorías. Estas establecían una distinción entre la materia y la fuerza; ahora sabemos que las dos llegan a confundirse. Bajo la acción del calor, la materia más grosera se transforma en fluidos y estos fluidos se reducen, a su vez, en un elemento más sutil que escapa a nuestros sentidos. Toda materia puede reducirse a fuerza, y toda fuerza se condensa en materia, recorriendo así un círculo incesante.
Las experiencias de Crookes han sido seguidas y confirmadas por una legión de investigadores. El más célebre, Roentgen, ha llamado rayos X a las radiaciones emanadas de las ampollas de cristal; estos rayos tienen la propiedad de traspasar la mayor parte de los cuerpos opacos, y permiten percibir y fotografiar lo invisible.
Poco después Becquerel demostraba las propiedades de ciertos metales de emitir radiaciones oscuras que penetran la materia más densa, como los rayos Roentgen, e impresionan las placas fotográficas a través de láminas metálicas.
El radio, descubierto por los esposos Curie, produce calor y luz de un modo continuo sin agotarse de manera sensible. Los cuerpos sometidos a su acción, se vuelven a su vez radiantes. Aunque la cantidad de energía radiada por este metal es considerable, la pérdida de sustancia material correspondiente es casi nula. Crookes ha calculado que un gramo de radio necesitaría unos cien años para desasociarse.
Es más. Los ingeniosos descubrimientos de G. Le Bon han probado que las radiaciones son una propiedad general de todos los cuerpos. La materia puede desasociarse indefinidamente, pues no es más que energía concretada. Con esto, la teoría del átomo indivisible, que desde hace dos mil años servía de base a la física y a la química, se derrumba y, con ella, las clásicas distinciones entre lo ponderable y lo imponderable. La soberanía de la materia -considerada absoluta y eterna- se desvanece.
Por tanto, es preciso reconocer: el Universo no es como aparecía a nuestros débiles sentidos; el mundo físico no constituye más que una ínfima parte del mismo. Detrás del círculo de nuestras percepciones hay una infinidad de fuerzas y de formas sutiles cuya existencia ha ignorado la ciencia hasta ahora. El dominio del mundo invisible es mucho más vasto y más rico que el del mundo visible.
La ciencia ha estado equivocada durante varios siglos en el análisis de los elementos que constituyen el Universo, y ahora debe destruir lo que tan penosamente ha edificado. El dogma científico de la unidad irreductible e indestructible del átomo, al derrumbarse, arrastra consigo a todas las teorías materialistas. La existencia de los fluidos -afirmada por los espíritas desde hace cincuenta años y que les valió tantas burlas por parte de los sabios oficiales- ha sido confirmada de una manera rigurosa por medio de la experimentación.
Los seres vivos también emiten radiaciones de diferentes naturalezas. Los efluvios humanos, variando de forma y de intensidad bajo la acción de la voluntad, impresionan las placas con su misteriosa luz. La existencia de estos influjos, sean nerviosos, sean psíquicos, conocidos desde largo tiempo por los magnetizadores y los espíritas, pero negados por la ciencia, es constatada en el presente de una manera irrecusable por los fisiologistas. Con ello se ha encontrado el principio de la telepatía. Las voliciones del pensamiento, las proyecciones de la voluntad se trasmiten a través del espacio como las vibraciones del sonido y las ondulaciones de la luz, y van a impresionar otros organismos en simpatía con el del manifestante. Las almas que tengan afinidad de pensamiento y de sentimiento, pueden intercambiar sus efluvios a cualquier distancia, de la misma manera que los astros intercambian, a través de los abismos del espacio, sus rayos titilantes. En esto descubrimos, además, el secreto de las ardientes simpatías y de las invencibles repulsiones que los hombres sienten entre sí, al verse por primera vez.
La mayor parte de los problemas psicológicos: sugestión, comunicación a distancia, acciones y reacciones ocultas, visión a través de los obstáculos, encuentran en ello su explicación. Nos hallamos aún en la aurora del verdadero conocimiento. Mas el campo de las investigaciones está abierto, y la ciencia marchará de conquista en conquista, por una vía rica en sorpresas. El mundo invisible se revela como base del Universo, como fuente eterna de las energías físicas y vitales que animan al Cosmos.
De esta manera cae el principal argumento de los que negaban la posibilidad de la existencia de los Espíritus. Los que tal hacían no podían concebir la vida invisible, falta de un substrato, de una sustancia que escapase a nuestros sentidos. Sin embargo, encontramos a un tiempo en el mundo de los imponderables, los elementos constitutivos de la vida de estos seres y las fuerzas que le son necesarias para manifestar su existencia.
Los fenómenos espíritas de todos los órdenes se explican por el hecho de que puede gastarse una cantidad considerable y constante de energía sin pérdida aparente de materia. Los aportes, la desagregación y la reconstitución espontánea de objetos en cámaras cerradas; los casos de levitación, el paso de los Espíritus a través de los cuerpos sólidos, sus apariciones y materializaciones que causaron tanto asombro y tantas burlas también; todo es fácil de comprender cuando se conoce el juego de las fuerzas y de los elementos que entran en acción en estos fenómenos.
La desasociación de la materia, de que nos habla Le Bon -y que el hombre es impotente de producir por sí solo- como el conocimiento de las leyes y las reglas que la rigen era facultad y patrimonio de los Espíritus desde hace largo tiempo.
La aplicación de los rayos X a la fotografía, ¿no explica también el fenómeno de doble vista de los médiums y el de la fotografía espírita? En efecto: si las placas pueden ser influidas por rayos oscuros, por radiaciones de la materia imponderable que penetran en los cuerpos opacos, con mucha más razón los fluidos quintaesenciados de que se compone la envoltura de los Espíritus pueden, en ciertas condiciones, impresionar la retina de los videntes, aparato más delicado y complejo que la placa de cristal.
Es así como el Espiritismo se fortalece cada día más con el apoyo de argumentos extraídos de los descubrimientos de la ciencia, descubrimientos que acabarán por hacer vacilar a los escépticos más empedernidos.
La gran diferencia secular que dividía a las escuelas filosóficas se reduce, pues, a una cuestión de nombres. En las experiencias cuya iniciativa ha tomado William Crookes, la materia se funde, el átomo se desvanece; en su lugar aparece la energía. La sustancia es un Proteo que reviste mil formas inesperadas. Los gases que se consideraban permanentes se liquidan; el aire se descompone en elementos mucho más numerosos de lo que enseñaba la ciencia de ayer; la radiactividad, es decir, la condición de los cuerpos de desagregarse emitiendo efluvios análogos a los rayos catódicos, se revela como un hecho universal. Toda una revolución se realiza en los dominios de la física y de la química. En todas partes, a nuestro alrededor, vemos abrirse fuentes de energía, inmensos depósitos de fuerzas muy superiores en poder a todo lo que se conocía hasta hoy. La ciencia se encamina poco a poco hacia la gran síntesis unitaria, que es la ley fundamental de la Naturaleza. Sus más recientes descubrimientos tienen un alcance incalculable en el sentido de que ellos demuestran experimentalmente el gran principio constitutivo del Universo: unidad de fuerzas, unidad de leyes. El encadenamiento prodigioso de las fuerzas y de los seres se precisa y se completa. Se constata que existe una continuidad absoluta, no solamente entre todos los estados de la materia, sino aun entre éstos y los diferentes estados de la fuerza.
La energía parece ser la sustancia única universal. En el estado compacto, reviste las apariencias que llamamos materia sólida, líquida o gaseosa; bajo un modo más sutil, la energía es agente de los fenómenos de luz, calor, electricidad, magnetismo, afinidad química. Estudiando la acción de la voluntad sobre los efluvios y las radiaciones, podríamos entrever, quizá, el punto en donde la fuerza se manifiesta como inteligencia, donde el pensamiento se transforma en vida.
Todo se relaciona y encadena en el Universo. Todo está regido por las leyes del número, de la medida, de la armonía. Las manifestaciones más elevadas de la energía confinan con las de la inteligencia. La fuerza vuélvese atracción; la atracción vuélvese amor. Todo se resume en un poder único y primordial, motor eterno y universal, al cual se le han dado diversos nombres, pero que no es más que la voluntad y el pensamiento divinos. Sus vibraciones animan al infinito. Todos los seres y los mundos son bañados en el océano de las radiaciones que emanan del inagotable foco.
Consciente de su ignorancia y de su debilidad, el hombre queda confuso ante esta unidad admirable que lo abarca todo y que lleva en ella la vida de las humanidades. Mas al mismo tiempo, el estudio del Universo le abre fuentes profundas de gozos y de emociones. A pesar de nuestra flaqueza intelectual, lo poco que entrevemos de las leyes universales nos hechiza, pues en el poder ordenador de las leyes y de los mundos presentimos a Dios, y con ello adquirimos la certidumbre de que lo Bueno, lo Bello y la Armonía perfecta reinan por encima de todo.

EL GRAN ENIGMA, Dios y el Universo – León Denis –

Enviado por Rosa Mª Pérez Duque del C.E. LEÓN DENIS

6
jun

Dios en la Naturaleza

by admin in León Denis

EL CIELO
La contemplación de la naturaleza terrestre ofrece, sin contradicción, encantos particulares al espíritu instruido, que descubre en la organización de los seres el movimiento interesante de los átomos de que están formados y el cambio permanente que se opera entre todas las cosas. Con justicia admiramos las manifestaciones de la vida en la superficie de la tierra. El calor solar que conserva en estado líquido el agua de los ríos y de los mares, eleva la savia hacia la copa de los árboles, y hace latir el corazón de las águilas y de las palomas. La luz que difunde el verdor sobre las praderas, alimenta las plantas con un soplo incorpóreo, y puebla la atmósfera con sus maravillosas bellezas aéreas. El sonido, que murmura entre el follaje, canta en los linderos de los bosques, retumba a la orilla de los mares; en una palabra, la correlación de las fuerzas físicas que reúne el sistema de la vida entero bajo la fraternidad de las mismas leyes. Pero, tan ferviente como es la admiración excitada por la radiación de la vida en la superficie de la tierra, tanto o más es aplicable a todos esos mundos que centellean por encima de nuestras cabezas durante la noche silenciosa. Esos mundos lejanos, que se mecen como el nuestro en el éter, a impulso de las mismas energías y de las mismas leyes, son como el nuestro el asiento de la actividad y de la vida. Podríamos presentar este grande y magnífico espectáculo de la vida universal como un elocuente testimonio de la inteligencia, de la sabiduría y del poder de la causa innominada que quiso, desde la aurora de la creación, ver reflejar su esplendor en el espejo de la naturaleza creada. Pero no es bajo este aspecto, como queremos desarrollar aquí el panorama de las grandezas celestes. Queremos únicamente emplazar a los negadores de la inteligencia creadora ante el teatro de las leyes que rigen el mundo. Si, consintiendo en abrir los ojos ante semejante espectáculo, persisten en negar esta inteligencia, confesamos que la mayor justicia que hay que hacerles en respuesta a esta negación incomprensible, es dudar a nuestra vez de sus facultades mentales; porque francamente hablando, la inteligencia del Creador nos parece infinitamente más cierta y más incontestable que la de los ateos franceses y extranjeros. Y como el método positivo consiste en no juzgar sino por la observación de los hechos, nuestro deber es examinar, en primer lugar, los hechos astronómicos de que hablamos y después, la interpretación con que se contentan nuestros adversarios. Si esta interpretación es satisfactoria, suscribimos de antemano sus doctrinas. Si, por el contrario, es insensata, debemos al honor y a la verdad desenmascararla y entregarla a la irrisión de los espectadores.
Olvidemos, pues, un instante el átomo terrestre a que nos ha fijado el destino por algunos días. Láncese nuestro espíritu al espacio y vea pasar ante sí el mecanismo inmenso, mundos tras mundos, sistemas tras sistemas, en la sucesión sin fin de los universos estrellados. Escuchemos con Pitágoras las armonías de la naturaleza en las vastas y rápidas revoluciones de las esferas, y contemplemos en su realidad esos movimientos a la vez formidables y regulares que arrastran a las tierras celestes en sus órbitas ideales. Observamos que la ley suprema y universal de la gravitación dirige esos mundos. Alrededor de nuestro sol, centro, foco luminoso, eléctrico, calorífico, del sistema planetario a que pertenece la tierra, giran obedientes los planetas.
Los trabajos más asombrosos del espíritu humano nos han dado la fórmula de esta ley. Divídese en tres puntos fundamentales, conocidos en astronomía con el nombre de leyes de Kepler, laborioso astrónomo que las descubrió, tanto por su paciencia como por su genio, y que examinó atentamente, durante diecisiete años de un trabajo ímprobo, las observaciones de su maestro Tycho-Brahe, antes de distinguir bajo el velo de la materia la fuerza que la rige.
1º Cada planeta describe alrededor del sol una órbita de forma elíptica, de la cual el centro del sol ocupa siempre uno de los focos.
2º Las áreas (o superficies) descritas por el radio vector (1) de un planeta alrededor del foco solar son proporcionales a los tiempos empleados en describirías.
3º Los cuadrados de los tiempos de las revoluciones de los planetas alrededor del sol, son proporcionales a los cubos de los grandes ejes de las órbitas.
La síntesis de estas leyes forma el gran principio que Newton formuló el primero en su obra inmortal sobre los “Principios”. Enseña en este libro, cómo lo nota juiciosamente Herschel, que todos los movimientos celestes son la consecuencia de esta ley, “que dos moléculas de materia se atraen en razón directa del producto de su masa, y en razón inversa del cuadrado de su distancia”. Partiendo de este principio, explica cómo la atracción que se ejerce entre las grandes masas esféricas que componen nuestro sistema, se halla regida por una ley cuya expresión es exactamente semejante; cómo los movimientos elípticos de los planetas alrededor del sol, y de los satélites alrededor de sus planetas, tales como los ha determinado Kepler, se deducen como consecuencias necesarias de la misma ley y cómo las órbitas de los cometas no son sino casos particulares de los movimientos planetarios. Pasando enseguida a difíciles aplicaciones, demuestra que las desigualdades tan complicadas del movimiento de la luna dependen de la acción perturbadora del sol, como las mareas proceden de la desigualdad de la atracción que estos dos astros ejercen sobre la Tierra y el Océano que la rodea. Hace ver, en fin, que la precesión de los equinoccios no es más que una consecuencia necesaria de la misma ley.
A la ejecución de estas leyes se halla confiada la armonía del sistema planetario; a estas leyes deben los mundos sus años, sus estaciones y sus días; por ellas toman la luz y el calor distribuidos en diversos grados por el manantial resplandeciente; y de ellas desciende la radiación de la vida, forma y adorno de los cuerpos celestes. Bajo la acción irresistible de estas fuerzas colosales, son arrebatados estos mundos en el espacio con la rapidez del relámpago y corren centenares de miles de leguas por día, incesantemente, sin pararse, siguiendo escrupulosamente la ruta segura, trazada de antemano por estas mismas fuerzas.
Si nos fuese posible librarnos, un instante, de las apariencias bajo cuyo imperio nos creemos en reposo en el centro del mundo, y nos fuera permitido abarcar de una ojeada, los movimientos de que están animadas todas las esferas, quedaríamos extrañamente sorprendidos de la majestad de estos movimientos.
Ante nuestros ojos asombrados, vastos globos girarían rápidamente sobre sí mismos, lanzados a toda velocidad en los desiertos del vacío, como balas gigantescas que una fuerza de proyección inconcebible hubiera enviado al infinito. Nos asombramos de esos trenes rápidos que circulan por nuestras vías férreas devorando el espacio, y parecen arrebatados por los dragones flamígeros del aire; pero los globos celestes, más voluminosos que la Tierra, desaparecen con una rapidez que supera tanto a la de las locomotoras, cuanto la de éstas excede al paso de una tortuga. La Tierra en que estamos, por ejemplo, boga en el espacio con una celeridad de seiscientas cincuenta mil leguas por día. Alrededor de esos mundos y a distancias diversas, veríamos girar satélites, arrastrados y gobernados por las mismas leyes. Y todas estas repúblicas flotantes, inclinando alternativamente sus polos hacia el calor y la luz, gravitando sobre su eje y presentando cada mañana los diferentes puntos de su superficie al beso del astro rey; hallando en la combinación misma de sus movimientos la renovación incesante de su juventud y de su belleza; renovando su fecundidad por la sucesión de las primaveras, de los veranos, de los otoños y de los inviernos; coronando sus montañas de bosques en donde suspira el viento; adornando sus paisajes con el espejo de los lagos silenciosos; envolviéndose a veces en su atmósfera como en un manto protector o rodeándose en los días de cólera, de los rayos fulminantes y de las tempestades; desplegando en su superficie la inmensidad de las ondas oceánicas que se levantan también bajo la atracción de los mundos como un seno que respira; iluminando sus crepúsculos con los esplendores del adiós que el sol da a su última mirada, y estremeciéndose en sus polos bajo las palpitaciones eléctricas de donde se lanzan los efluvios de la aurora boreal, dando a luz, meciendo y alimentando la multitud de seres que constituyen y renuevan el reino de la vida, desde las plantas, vestigios del pasado hasta el hombre contemplador del porvenir… Todos esos mundos, todas esas moradas del espacio, todas esas repúblicas de la vida, se nos aparecerían como navíos guiados por la brújula, y llevando al través del océano celeste poblaciones que no tienen que temer ni los escollos, ni la ignorancia del capitán, ni la falta de combustible, ni el hambre, ni las tempestades. Estrellas, soles, mundos errantes, cometas flamígeros, sistemas extraños, astros misteriosos, todos proclamarían la armonía, todos serían los acusadores de esos espíritus que condenan la fuerza a no ser más que un atributo de la ciega materia. Y cuando, siguiendo, las relaciones numéricas que ligan todos estos mundos al sol como al corazón palpitante de un mismo ser, hayamos personificado el sistema planetario en el sol mismo, loco colosal que los absorbe a todos en su resplandeciente y poderosa personalidad; entonces contemplaremos este sol y este sistema en su carrera al través de los vacíos infinitos, y al momento, sabiendo que todas las estrellas son otros tantos soles, rodeados como el nuestro de una familia que respira a su alrededor su vida y su luz, observaremos que todas esas estrellas están guiadas unas y otras por diversos movimientos, y que en vez de estar fijas en la inmensidad, la recorren con celeridades aterradoras, más formidables aún que las mencionadas más arriba. Es entonces, cuando el universo entero se presentará a nuestros ojos bajo su verdadero aspecto y las fuerzas que lo rigen proclamarán con la elocuencia maravillosamente brutal del hecho, su valor, su misión, su autoridad y su poder. Ante esos movimientos indescriptibles, y aun podemos decir inconcebibles, que arrastran en los desiertos infinitos a esos millares de millones de soles; ante esa inmensa catarata, esa lluvia de estrellas en el infinito; ante esas rutas, esas órbitas inconmensurables, que siguen tan dócilmente como la aguja de un reloj, la manzana que cae, o la rueda de un molino siguen la gravedad; ante la obediencia de los cuerpos celestes a reglas que la mecánica y las formas del análisis pueden trazar de antemano, y ante esa condición suprema de la estabilidad y de la duración del mundo; ¿quién osará negar que la fuerza rige a la materia, que la gobierna soberanamente, que la dirige según la ley inherente o afecta a la fuerza misma? ¿Quién será el que pretenda sujetar la fuerza a la constitución ciega de la materia; afirmar, a la manera retrógrada de los peripatéticos, que no es sino una cualidad oculta de ésta, y reducirla al papel de esclava, cuando se impone por su propio derecho a título de soberana absoluta? ¡No quiera Dios que así sea! ¿Qué sucedería si dejase de obrar un solo instante y si abdicase su cetro? La sola suposición de esta hipótesis disuelve la armonía del mundo y lo hace hundirse en un caos informe, digno resultado de una tentativa tan insensata.
Estas leyes están demostradas como universales, proclaman la unidad de los mundos, y manifiestan que es un mismo pensamiento el que reguló las mareas de nuestro océano y las revoluciones siderales de las estrellas dobles, en el fondo de los cielos. Estos soles, dobles, triples, y cuádruples, giran unidos alrededor de su centro común de gravedad, y obedecen a las mismas leyes que rigen nuestro sistema planetario. Nada es más propio para dar una idea de la escala en que están construidos los cielos, como esos magníficos sistemas, dice John Herschel. Cuando se ven esos cuerpos inmensos reunidos por parejas, describir, en virtud de la ley de gravitación que rige todas las partes de nuestro sistema, esas inmensas órbitas que se necesitan siglos para recorrerlas, admitimos a la vez que tienen en la creación un objeto que no alcanzamos, y que hemos llegado al punto en que la inteligencia humana se ve forzada a confesar su debilidad, y a reconocer que la imaginación más rica no puede formarse del mundo un concepto que se acerque a la grandeza del objeto.

DIOS EN LA NATURALEZA, por  CAMILO FLAMMARION

30
may

Los fluídos- El Magnetismo

by admin in León Denis

El mundo de los flúidos, que se entrevé más allá del estado radiante, reserva a la ciencia muchas sorpresas y descubrimientos. Innumerables son las variedades de formas que la materia, tornada sutil, puede revestir por las necesidades de una vida superior.
Ya muchos observadores saben que fuera de nuestras percepciones, más allá del velo opaco que nuestra espesa constitución despliega como una niebla a nuestro alrededor, existe otro mundo, no ya el de lo infinitamente pequeño, sino un universo fluídico que nos envuelve, todo él poblado de multitudes invisibles.
Seres sobrehumanos- mas no sobrenaturales- viven a nuestro lado, mudos testigos de nuestra existencia, y sólo manifiestan la suya en condiciones determinadas, bajo la acción de leyes, naturales, precisas, rigurosas.  Importa penetrar el secreto de estas leyes, pues de su conocimiento dependerá para el hombre la posesión de las fuerzas considerables cuya utilización práctica puede trasformar la faz de la tierra en el orden de las sociedades. Tal es el dominio de la psicología experimental- alguno dirán de las ciencias ocultas, ciencias que son viejas como el mundo.
Ya hemos hablado de los prodigios realizados en los lugares sagrados de la India, del Egipto y de Grecia. No entra en nuestro plan volver sobre el asunto, pero constituye una cuestión anexa a éste y que no podríamos pasar en silencio, la del magnetismo.
El magnetismo, estudiado y practicado en secreto en todas las épocas de la historia, se vulgarizó,sobre todo, desde fines del siglo XVIII. Las academias docentes lo acogen aún con recelo, y con el nombre de hipnotismo, los maestros de la ciencia tuvieron a bien descubrirlo, un siglo después de su aparición.
” El hipnotismo-ha dicho el Coronel de Rochas-, hasta ahora lo único estudiado oficialmente, no es más que el vestíbulo de un vasto y maravilloso edificio ya explorado en gran parte por los antiguos magnetizadores”.
La lástima es que los sabios oficiales- casi todos los médicos- que se ocupan del magnetismo, o, como ellos mismos dicen, de hipnotismo no experimentan generalmente más que en sujetos enfermos, en los acogidos en los hospitales. La irritación nerviosa y las afecciones morbosas de estos sujetos no permiten obtener más que fenómenos incoherentes e incompletos.
Algunos sabios parecen temer que el estudio de estos mismos fenómenos, obtenidos en condiciones normales, no proporcione la prueba de la existencia del principio anímico en el hombre. Esto es, por lo menos, lo que se deduce de los comentarios del doctor Charcot, cuya competencia no se negará.
“El hipnotismo-decía- es un mundo en el cual se encuentran, al lado de hechos palpables, materiales y groseros, que corren parejas siempre con la fisiología, hechos absolutamente extraordinarios, inexplicables hasta ahora, que no responde a ninguna ley fisiológica y completamente extraños y sorprendentes. Me atengo a los primeros y dejo a un lado los segundos”.
Así, pues, los médicos más celebres confiesan que esta cuestión está aún para ellos llena de oscuridad. En sus investigaciones, se limitan a las observaciones superficiales y desdeñan los hechos que podrían conducirles directamente a la solución del problema. La ciencia materialista vacila si debe aventurarse por el terreno de la psicología experimental; comprende que se encontraría en presencia de las fuerzas psíquicas, del alma, en una palabra, cuya existencia ha negado con tanta obstinación.
Sea como sea, el magnetismo, después de haber sido rechazado durante mucho tiempo por las corporaciones docentes, comienza, bajo otro nombre, a llamar su atención. Pero los resultados serían más fecundos si, en lugar de operar en histéricos, se experimentase en sujetos sanos y fuertes. El sueño magnético desarrolla en los sujetos lúcidos facultades nuevas, un poder de percepción incalculable. El fenómeno más notable es el de la visión a gran distancia, sin el auxilio de los ojos. Un sonámbulo puede andar por la oscuridad, leer y escribir con los ojos cerrados, entregarse a los trabajos más delicados y más complicados.
Otros sujetos ven en el interior del cuerpo humano, disciernen sobre sus males y las causas que los producen, leen el pensamiento en el cerebro, penetran, sin el auxilio de los sentidos, en los dominios más ocultos y llegan hasta el umbral de otro mundo. Escrutan los misterios de la vida fluídica, entran en relaciones con seres invisibles de que hemos hablado y nos trasmiten sus opiniones y sus enseñanzas. Más adelante insistiremos en este punto: pero, desde ahora, podemos considerar como establecido el hecho que se deduce de las experiencias de Puységur, Deleuza, Du Potet y de sus innumerables discípulos: el sueño magnético, inmovilizando el cuerpo y aniquilando los sentidos, devuelve al ser psíquico a la libertad, centuplica sus medios íntimos de percepción y le hacen entrar en un mundo cerrado para los seres corporales.
Este ser psíquico que durante el sueño, ve, piensa, obra fuera del cuerpo; que afirma su personalidad independiente con una manera de ver y con unos conocimientos superiores a los poseídos en estado de vigilia, ¿qué es, sino el alma misma, revestida de forma fluídica? El alma, que no es una resultante de las fuerzas vitales, del juego de los órganos, sino una causa libre, una voluntad activa, separada momentáneamente de su prisión, cerniéndose sobre la naturaleza entera y gozando de la integralidad de sus facultades innatas. Así, pues, los fenómenos magnéticos hacen evidentes, no soló la existencia del alma, sino también su inmortalidad, pues si, durante la existencia corpórea, esta alma se libera de su envoltura grosera y ve y piensa fuera de ella, con mayor razón recobrará después de su muerte la plenitud de su libertad.
La ciencia del magnetismo pone al hombre en posesión de maravillosos recursos. La acción de los flúidos sobre el cuerpo humano es inmensa; sus propiedades son múltiples y variadas. Numerosos hechos  han probado que con su ayuda se pueden aliviar los sufrimientos más crueles. Los grandes misioneros, ¿no curaban con la imposición de las manos? Ahí esta todo el secreto de sus supuestos milagros. Los flúidos, obedeciendo a una poderosa voluntad, a un ardiente deseo de hacer el bien, penetran en todos los organismos débiles y devuelven gradualmente el vigor a los endebles y la salud a los enfermos.
Se puede objetar que una legión de charlatanes abusa, para explotarla, de la credulidad y de la ignorancia del público atribuyéndose un poder magnético imaginario. Estos hechos lamentables son la consecuencia inevitable del estado de inferioridad moral de la humanidad. Una cosa nos consuela de ello: la certidumbre de que no es un hombre animado por una simpatía profunda hacia los desheredados, de un verdadero amor a los que sufren, quien no puede consolar a sus semejantes con una práctica sincera y esclarecida del magnetismo.

CAPITULO INCLUIDO EN EL LIBRO DE LEÓN DENIS “DESPUES DE LA MUERTE” 1890.

22
mar

El Espírita ante el Evangelio

by admin in León Denis

Para alcanzar el grado de moralidad que necesita, a fin de cumplir bien su misión, tener paz en la Tierra y conseguir alguna felicidad en el espacio, el espírita debe de cumplir la ley divina.
El espírita debe grabar en su alma la gran figura del Señor. Debe tenerle respeto y gratitud. Y no debe olvidarse de que solamente por Él se va al Padre.
Así para el espírita, el Evangelio no puede ser letra muerta, más la ley moral vigente en todos los tiempos, en todas las edades.
Porque la ley proclamada por el gran Maestro no sufrirá modificaciones en su parte moral. Y de todo su cumplimiento depende nuestro progreso espiritual, nuestra paz y nuestra felicidad en la Tierra y en el espacio.
No puede ser vanamente que el Padre nos envió el mayor Espíritu que ya vino a la Tierra. Ni en vano que ese elevadísimo Espíritu fue ultrajado, después de haber probado su grande misión a través de sus hechos y de su doctrina.
No puede ser en vano que Allan Kardec y los Espíritus de Luz nos lo apuntaran como nuestro modelo. Él es el camino, la verdad y la vida. Fuera de sus enseñanzas no hay salvación posible.
Por eso, comprendiendo la importancia del Evangelio, Allan Kardec esclareció algunas parábolas y conceptos, para que estuviesen al alcance de todas las inteligencias.
Participando de esos esclarecimientos, de manera muy directa, elevados Espíritus, que dictaran comunicaciones de orden moral, tocándonos el alma.De esa manera, si nosotros, espíritas, hiciéramos omisión de esas enseñanzas, de ahí resultando una falta de percepción moral en nuestro medio no podremos culpar a nadie, si no a nosotros mismos, por nuestra propia indolencia y nuestra ingratitud.
Hay también la falta de reconocimiento de un hecho culminante, como la llegada del Señor a la Tierra, y del reconocimiento de su ley, de su abnegación, de su sacrificio y de su amor para con todos sus hermanos.
Está probado, hasta la evidencia, que, si el Señor vino a la Tierra, fue para servimos de guía. Y quien lo siga no se perderá en el camino de la existencia terrena. Porque Él es el camino, la verdad y la vida.
Por eso, todo espírita ha de ser admirador del Maestro, debe estudiar sus palabras, su moral, su ley, sus sacrificios, su abnegación, su amor, su prudencia y, sobre todo, su elevadísima misión, ya que ésta contiene dos puntos esenciales, que son de importancia capital para el curso de nuestra existencia terrena.
Afirmé que era necesario conocer la ley divina para cumplirla. Esta es la primera cosa que el espírita debe fijar en su mente, para seguir el camino de la justicia y del amor.
Mas hay, en la misión del Señor, otro objetivo de capital interés para el bien de nuestro espíritu; que es el consuelo, la resignación y la paciencia que Él, en su sacrificio nos puede inspirar.

Extraído del libro “El Tesoro de los Espíritas”

Miguel Vives
14
mar

Poema Sufí

by admin in León Denis

DE CÓMO UNA PERSONA ASUSTÓ A UN ASCETA DICIENDO: “NO LLORES MUCHO, NO VAYAS A QUEDARTE CIEGO”

Un compañero en el trabajo (de la religión) le dijo a un asceta:  “Llora poco, no se vayan a dañar tus ojos”. El asceta dijo: “La cuestión no es sólo de dos (alternativas): el ojo verá, o no verá, a esa Belleza(divina). Si contempla la luz de Dios ¿ a qué afligirse? ¡ Qué poco son dos ojos (para el que está) en unión con Dios, ¡déjalo! ¡ Que se quede ciego un ojo tan miserable!.
No te lamentes por tu ojo cuando ese Jesús es tuyo; no vayas a la izquierda(sino a la derecha) para que te dé dos ojos diestros. El Jesús de tu espíritu está presente contigo: pídele ayuda pues es un excelente auxiliador; pero no estés a cada momento cargando sobre el corazón de Jesús la infructuosa tarea de (proveer) un cuerpo lleno de huesos, como el necio que mencionamos en la historia por causa de los justos. No solicites de Jesús la vida del cuerpo; no le requieras a Moisés el deseo de un faraón.
No lastres tu corazón con pensamientos acerca del sustento; el sustento no faltará; sé (contante en la asistencia a) la corte (divina). Este cuerpo es una tienda para el espíritu, o como el arca para Noé.
Cuando este ahí el turcomano, encontrará una tienda, especialmente cuando se trata de alguien horado por la corte (de Dios).

Mevlana Rumi

Poema incluido en el Mathhawi 2º parte, Siglo XIII

(Mevlana Rumi fue un célebre poeta místico musulmán persa y erudito religioso que nació el 30 de septiembre de 1207 en Balj en la actual Afganistan).

Enviado por Carlos Bitaubé del C.E. León Denis

7
mar

El Espiritismo y la mujer

by admin in León Denis

Se encuentran, en ambos sexos, excelentes médiums; es la mujer, sin embargo, en la que parecen otorgadas las más bellas facultades psíquicas. De allí el eminente papel que le está reservado en la difusión del nuevo Espiritualismo. Observando las imperfecciones inherentes a toda criatura humana, no puede la mujer, para quien la estudia imparcialmente, dejar de ser objeto de sorpresa y alguna veces de admiración. No es únicamente en sus trazos personales que se realizan, en la Naturaleza y en el Arte, los tipos de belleza, de la piedad y de la caridad; en lo que se refiere a los poderes íntimos, la intuición y la adivinación, siempre fue ella superior al hombre. Es entre las hijas de Eva que la antigüedad obtuvo sus célebres videntes y sibilas. Esos maravillosos poderes, esos dones de lo Alto, la Iglesia entendió, en la Edad Media, que debía avistar y suprimir, mediante los procesos instaurados contra lo que se llamó brujería.

Hoy encuentran ellos su aplicación, porque es sobre todo por intermedio de la mujer que se afirma la comunión con la vida invisible. Mas de una vez se revela la mujer en su sublime función de mediadora y lo es en toda la Naturaleza. De ella proviene la vida; es ella la propia fuente de ésta, la regeneradora de la raza humana, que no subiste y se renueva sino por su amor y sus tiernos cuidados. Y esa función preponderante que desempeña en el dominio de la vida, y todavía la ocupa en el dominio de la muerte. Pero nosotros sabemos que la muerte y la vida son una, son las dos formas alternadas, los dos aspectos continuos de la existencia. Mediadora también es la mujer en el domino de las creencias. Siempre sirvió de intermediaria entre la nueva fe que surge y la fe antigua que desfila y va desapareciendo. Fue su papel en el pasado, en los primeros tiempos del Cristianismo, y todavía lo es en la época presente. El Catolicismo no comprendió a la mujer, a quien tanto debía. Sus monjes y padres, viviendo en el celibato, lejos de la familia, no podían apreciar el poder y el encanto de ese delicado ser, en quien percibían antes un peligro.

La antigüedad pagana tuvo sobre nosotros la superioridad de conocer y cultivar el alma femenina. Sus facultades se expandían libremente en los misterios. Sacerdotisa en los tiempos védicos, era asociada íntimamente al altar doméstico, en Egipto, en Grecia, en Galia, en las ceremonias de lo oculto, por todas partes era la mujer objeto de una iniciación, de una enseñanza especial, que de ella hacían un ser casi divino, el hada protectora, o genio del hogar, la custodia de las fuentes de la vida. A esa comprensión del papel que la mujer desempeña, personificando en ella la Naturaleza, a sus profundas intuiciones, sus percepciones sutiles, sus adivinaciones misteriosas, es que se debió la belleza , la fuerza y la grandeza épica de las razas griega y céltica. Porque, así como sea la mujer, así es el hijo, así será el hombre. Es la mujer que, desde la cuna, modela el alma de las generaciones. Es ella que hace los héroes, los poetas, los artistas, cuyos hechos y obras fulguran a través de los siglos. Hasta los siete años el hijo permanecía en el Gineceo bajo la dirección materna. Y se sabe lo que fueron las madres griegas, romanas y galesas. Para desempeñar, sin embargo, tan sagrada misión educativa, era necesaria la iniciación en el gran misterio de la vida y del destino, el conocimiento de la ley de las preexistencias y de las reencarnaciones; porque sólo esa ley da a la vida del ser, que va desabrochar bajo la égida materna, su significación tan bella y tan conmovedora.

Esa benéfica influencia de la mujer iniciada, que irradiaba sobre el mundo antiguo como una dulce claridad, fue destruida por la leyenda bíblica del pecado original. Según las Escrituras, la mujer es responsable por la corrupción el hombre; ella pierde a Adán y, con él, a toda la Humanidad; consecuentemente atrayendo Sanción.. Un pasaje de Eclesiastés la declara “una cosa más amarga que la muerte”. El casamiento mismo parece un mal: “Que los que tienen esposas sean como si no las tuviesen” – exclama Pablo. En ese punto, como en tantos otros, la tradición y el espíritu judaico prevalecieron, en la Iglesia, sobre el modo de entender del Cristo, que fue siempre benévolo, compasivo, afectuoso para con la mujer. En todas las circunstancias la escuda él con su protección; le dirige sus más tocantes parábolas. Le extiende siempre la mano, aún cuando decaía. Por eso las mujeres reconocidas forman una especie de cortejo y muchas lo acompañaron hasta la muerte. La situación de la mujer, en la civilización contemporánea, es difícil, en lo raro y dolorosa. No siempre la mujer tiene para sí los usos y las leyes; mil peligros la cercan, si ella flaquea, si sucumbe, raramente se le extiende la mano amiga. La corrupción de las costumbres hace de la mujer la víctima del siglo. La miseria , las lágrimas, la prostitución, el suicidio – tal es la suerte del gran número de pobres criaturas en nuestras sociedades opulentas. Una reacción, sin embargo, ya se va operando. Bajo la denominación de feminismo, un cierto movimiento se acentúa legítimo en su principio, pero también exagerado en sus intuitos; porque al lado de las justas reivindicaciones, enuncia propósitos que harían de la mujer, no más la mujer, sino una copia, parodia del hombre. El movimiento feminista desconoce el verdadero papel de la mujer y tiende a desviarla del destino que natural y normalmente le fue trazado.

El hombre y la mujer nacieron para funciones diferentes, pero complementarias. En el punto de vista de la acción social, son equivalentes e inseparables. El Espiritualismo moderno, gracias a sus prácticas y doctrinas, todas de ideal, de amor, de equidad, encara la cuestión de modo diverso y resuelve sin esfuerzo. Restituye a la mujer su verdadero lugar en la familia y en la obra social, indicándole la sublime función que le cabe desempeñar en la educación y en el adelantamiento de la Humanidad. Hace más, la reintegra en su misión de mediadora predestinada, verdadero trazo de unión que liga las sociedades de la Tierra a las del Espacio. La gran sensibilidad de la mujer la constituyen en médium por excelencia, capaz de exprimir, de traducir los pensamientos, las emociones, los sufrimientos de las almas, las altas enseñanzas de los Espíritus celestes. En la aplicación de sus facultades encuentra ella profundas alegrías y una fuente viva de consolaciones. El carácter religioso del Espiritismo la atrae y le satisface las aspiraciones del corazón, las necesidades de ternura, que extiende, hacia más allá de la tumba, a los seres desaparecidos.

El peligro para ella, como para el hombres, está en el orgullo de los poderes adquiridos, en la susceptibilidad exagerada. En los celos, suscitando rivalidades entre médiums, que se tornan muchas veces motivo de separación para los grupos. De allí la necesidad de desenvolver en la mujer, al mismo tiempo que los poderes intuitivos, sus admirables cualidades morales, el olvido de sí misma, el júbilo del sacrificio, en una palabra, el sentimiento de los deberes y de las responsabilidades inherentes a su misión mediatriz. El Materialismo no ponderando sino a nuestro organismo físico, hace de la mujer un ser inferior por su flaqueza y la impele a la sensualidad. A su contacto, esa flor de poesía sucumbe al peso de las influencias degradantes, se deprime y envilece. Privada de su función mediadora, de su inmaculada aureola, tornada esclava de los sentidos, no es más que un ser instintivo, impulsivo, expuesto a las sugestiones de los apetitos mórbidos.

El respeto mutuo, las sólidas virtudes domésticas desaparecen; la discordia y el adulterio se introducen en el hogar; la familia se disuelve, la felicidad se aniquila. Una nueva generación, desilusionada y escéptica, surge del seno de una sociedad en decadencia. Con el Espiritualismo, sin embargo, yergue de nuevo la mujer la inspirada frente; viene a asociarse íntimamente a la obra de la armonía social, al movimiento general de las ideas. El cuerpo no es más que una forma tomada por empréstito; la esencia de la vida es el espíritu, y en ese punto de vista el hombre y la mujer son favorecidos por igual. Así, el Espiritualismo moderno restablece el mismo criterio de los Celtas, nuestros padres; afirma la igualdad de los sexos sobre la identidad de la naturaleza psíquica y el carácter imperecedero del ser humano, y a ambos asegura posición idéntica en las agremiaciones de estudio. Por el Espiritismo se substrae la mujer al vértice de los sentidos y asciende a la vida superior. Su alma se ilumina de una claridad más pura; su corazón se torna el foco irradiador de tiernos sentimientos y nobilísimas pasiones. Ella reasume en el hogar la encantadora misión que le pertenece, hecha de dedicación y piedad, su importante y divino papel de madre, de hermana y educadora, su noble y dulce función persuasiva. Cesa, desde entonces, la lucha entre los dos sexos. Las dos mitades de la Humanidad se alían y equilibran en el amor, para cooperan juntas en el plano providencial, en las obras de la Divina Inteligencia.

León Denis
Extraído del libro “En lo Invisible”

7
dic

El Espiritismo es la moral

by admin in Amalia Domingo Soler

Es esencialmente moralizadora la doctrina espiritista. Sus efectos progresivos sobre las almas que se le asimilan pueden notarse por todas partes. Son indiscutibles y prácticos como lógica y práctica es la ciencia que los produce. El Espiritismo es el Evangelio de Jesús llevado a todas las esferas de la vida humana, es el yugo de la humanidad, de la mansedumbre, y de la caridad del Maestro impuesto a sus discípulos, es el “Amaos unos a otros” rigiendo los destinos de la Tierra y transformándola, de mundo de prueba y de expiación que era, en un edén.

Con la práctica espiritista, se afirma en las conciencias la Ley del Amor, el “No hagas a otro lo que no quieras para ti”, y se desarraiga de ellas el aterrador egoísmo humano que es la causa, la culpa de nuestros males. Es la ley moral por excelencia impuesta a una humanidad niña y turbulenta, que aún no ha podido sentir después de 19 siglos, los efluvios de amor desprendidos del Evangelio de Jesús.

Con absoluta claridad, el Espiritismo demuestra al hombre el porqué de su vida material, la existencia del Legislador Supremo y de la ley inmutable que lo rige todo, lo físico como lo moral; le hace llegar a una superior concepción de Dios que le obliga a dar al Excelso Creador, el nombre de Padre y a todos lo seres creados, el de hermanos.

El alma por su naturaleza esencial divina, está hambrienta de belleza, de bien y sedienta de felicidad. Aún en medio de sus mayores extravíos, siempre existe en ella ese germen que ha de desarrollarse, con sus esfuerzos llenando así sus más altas aspiraciones. Al combatir el Espiritismo sus tendencias egoístas, al hacerle comprender que la felicidad de uno estriba precisamente en la de todos, y que es tal el estado forzoso de solidaridad entre los seres que habitan nuestro mundo, que es imposible la felicidad del individuo sin que esté basada en la de la colectividad, destruye el egoísmo humano y abre el corazón del hombre a los más nobles sentimientos. También destruye su orgullo al hacerle palpable la pluralidad de existencias en las que viene el alma orgullosa a desprenderse de su altivez y de su soberbia, en vidas laboriosas y modestas.

La seguridad de tener que volver a la Tierra en condiciones humildes obliga al rico soberbio a pensar, a meditar y a luchar contra esos defectos suyos, que por constituir hoy un castigo para los demás hombres que con él se relacionan, le obligarán mañana a sufrir el mismo castigo.

El Espiritismo es un destructor poderosísimo de esos dos culpables de todos los males terrenos; el egoísmo y el orgullo. Por eso, precisamente, se puede afirmar que el Espiritismo es la Moral puesto que tiende a destruir, y lo va consiguiendo, las grandes causas de la inmoralidad humana en todas sus manifestaciones, y al afirmar la Paternidad Universal de Dios, demostrando a los hombres que todos son hermanos, confirma las grandes verdades evangélicas y obliga a la práctica del amor entre todos.

Si los ojos humanos no estuviesen cerrados o por la ignorancia del fanatismo o por la malicia, verían la obra grandiosa que está realizando la moral espiritista en los corazones en los que ha penetrado.

Verían cómo está produciendo un movimiento progresivo admirable en las almas convencidas, haciendo corregir a muchos seres humanos, hábitos y costumbres inveterados, vicios que parecían imposible de arrancar de ciertos corazones; serían testigos de los esfuerzos sobrehumanos que hacen muchos seres para transformarse, para conseguir para hoy algo más de elevación moral que ayer, y mayor grado de virtud mañana que hoy.

No hay que pedir a la humanidad lo que no puede dar. El Espíritu humano es progresivo. Si no fuera así, habría que negar a Dios, puesto que hubiera creado el alma para otro fin y no para su felicidad. Pero, la obra del progreso se afirma en él lentamente; es paulatino, no procede a saltos. El progreso de cada ser es exclusivamente obra suya, alcanzada a costa de sus propios trabajos, de sus continuos sacrificios y esfuerzos. Salir de lo más íntimo de la escala y elevarse continuamente a mayor nivel de cultura y de bondad, ésta es la obra del alma, lo afirma el Espiritismo con la razón y con la lógica, pero, no se destruyen en una hora las costumbres adquiridas conel tiempo, se necesitan muchas existencias para desarraigar por completo del Espíritu, las pasiones grabadas en él, en el transcurso de los pasados siglos.

Decimos esto, porque no falta quien o quienes están apuntando cualquier error, cualquier desmán o extravío que ven sufrir a un hombre que lleva el calificativo de espiritista, apresurándose en afirmar que no es tan moralizador el ideal como lo afirmamos nosotros, cuando aún ven los defectos y pasiones manifestarse en nosotros. La injusticia de estos pobres seres es notoria. Podríamos preguntarles: ¿Donde está el resultado moral de la continua evangelización de los pueblos por la cátedra católica durante 19 siglos?

La mentira, el orgullo, el egoísmo, la hipocresía, el juego, entronizados en la Tierra; la esclavitud del niño, sumido en la ignorancia, para mejor dominar al hombre; la mujer sacada del lugar de predilección que, como madre de la humanidad le asignó Jesucristo, para encerrarla en esas dos cárceles sombrías, que son los conventos y las casas de prostitución; el hombre embrutecido por la ignorancia y por el vicio. He ahí el resultado de 19 siglos de predicación moral católica. Para no reconocerlo así, sería menester apagar la luz de la razón humana y cerrar los ojos.

Pues bien. ¿Cuánto tiempo cuenta de práctica el Espiritismo moderno? Y decimos moderno, porque el Espiritismo es como la verdad, es tan antiguo como la creación.

Sólo unos 50 años, apenas hace medio siglo que han comenzado a producirse en los Estados Unidos sus primeros fenómenos; no hará más de 40 años que ha tomado carácter la moral espiritista entre los hombres. Comparemos la obra de 19 siglos de catolicismo con la de medio siglo de Espiritismo, y meditemos sobre los efectos de una moral y los de la otra.

La obra realizada por el catolicismo ya la hemos expuesto más arriba y está a la vista de todos. El Espiritismo no ha podido hacer santos a los hombres en 50 años, puesto que el Espíritu humano está sometido a una ley progresiva de efectos lentos y paulatinos, que le hacen necesaria la repetición secular de los hechos, buenos para anular los efectos de los malos y arrancar de sí hasta los gérmenes de los actos reprobables e inicuos. Pero aún así, si quieren fijarse con imparcialidad en los efectos producidos por esa moral grandiosa que es el Evangelio en acción, habrán de reconocer todos, hasta los más ardientes detractores de nuestra sublime ciencia, de nuestro amado Ideal, que en los seres que van asimilándose las verdades espiritistas se ve un continuo esfuerzo sobre ellos mismos para transformarse y regenerarse, se ve un ardiente deseo de hacer participar a todos, del inmenso bien que ha llegado a su razón, a su vista espiritual.

El efecto producido sobre el alma por la moral espírita es ese; le impulsa a ser continuamente mejor, a no desperdiciar un instante de su existencia que debe emplear toda en el mejoramiento propio y en el de los demás, puesto que sabe que no hay dicha posible para ella, sino en la contemplación de la felicidad de los demás y que no llegarán los hombres a esa felicidad común sino por el camino recto del amor y del bien, de la ciencia y de la virtud que conducen indefectiblemente a Dios, al Padre de todos.

El Espiritismo es la moral. Su lema no es exclusivo como el del catolicismo, que dice: “Fuera de mí no hay salvación”, el Espiritismo dice: Sin caridad, sin amor, sin transformación moral, sin corrección de sí mismos, no se salvan los seres, no se elevan las almas hacia su Creador, y por eso, la ciencia espírita y los espíritus de luz y de verdad repiten en todas partes como una admirable advertencia moral el “Sed hoy mejores que ayer y mañana mejores que hoy”.

LA LUZ QUE NOS GUÍA. Amalia Domingo Soler CAPÍTULO IV

Enviado por Rosa Mª Pérez Duque del C.E. León Denis